La paz todavía es posible

ENRIQUE CURIEL

OPINIÓN

04 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

NO DEBEMOS dimitir. Aunque las posibilidades de encontrar una salida no militar a la crisis que enfrenta a la Administración de Bush con Irak son mínimas, ni los gobiernos democráticos, ni las opiniones públicas, ni los partidos políticos, ni las grandes instituciones internacionales, deben abandonar la esperanza de hallar una solución diplomática que impida el inicio de un conflicto que, con toda seguridad, será muy diferente de los que hemos conocido desde el final de la política de bloques. Es preciso redoblar los esfuerzos para que la política tenga una oportunidad y para que el secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, disponga de un margen de maniobra suficiente para negociar un acuerdo apoyado en un amplio consenso de la comunidad internacional. La Unión Europea, representada ahora por cuatro países en el Consejo de Seguridad, debe jugar un papel significativo para que la resolución 1441 de la ONU no se convierta en un acta de guerra. Pero un intento supremo para buscar la paz también exige esfuerzos para comprender la percepción que Estados Unidos tiene sobre los problemas del mundo actual, elaborados con anterioridad al 11-S, y que parece consolidarse entre los estadounidenses tras los últimos resultados electorales. A pesar de las críticas manifestadas contra Bush por círculos intelectuales y por algunos sectores del Partido Demócrata, el actual presidente domina ambas Cámaras y dispone de una amplia mayoría política. ¿Qué está ocurriendo en la sociedad norteamericana?, ¿por qué Irak?, ¿por qué ahora? Como ya se ha dicho, el colapso de la Unión Soviética provocó cambios radicales en las relaciones internacionales. La amenaza de guerra nuclear se desvanecía, pero, como ha escrito el embajador L. Paul Bremer -notable defensor de la estrategia del Pentágono-, «aunque el desmembramiento de la URSS supuso en cierto modo un alivio de la guerra fría , no representó el fin de la historia . Podría decirse que, a nivel subestratégico, el mundo es hoy un lugar menos seguro de lo que era en 1989». El sistema bipolar restringía la autonomía de las potencias medias y pequeñas sometidas a la dialéctica Este-Oeste. Pero, desde 1990, EE.?UU. aparece como única superpotencia sobre la que recae la responsabilidad de mantener los equilibrios del escenario internacional. Se constató que EE.?UU. es invulnerable militarmente por medios convencionales, y los nuevos riesgos se hacen presentes a través de iniciativas no convencionales apoyadas por algún Estado: terrorismo, armas químicas, biológicas y nucleares. La guerra antiterrorista de Washington contra el eje del mal sería la respuesta correspondiente a tal percepción. Además, los núcleos más influyentes y más radicales del partido republicano, los halcones , mantenían una posición muy crítica contra la política de contención que, desde 1992, aplicaba Bill Clinton en relación con Irak, y de diálogo con Yaser Arafat. Presentaban tal actitud como una traición al país. Se entendía que Clinton no aprovechaba la supremacía de los Estados Unidos para diseñar un nuevo escenario de acuerdo con los intereses vitales de Washington. El 11-S confirmó los temores de la Casa Blanca y sirvió para acelerar las previsiones de intervención, con o sin acuerdo de los aliados tradicionales europeos y de la ONU. La situación de las zonas calientes -Oriente Próximo, Venezuela, Colombia, Corea del Norte, Afganistán, Irán...- experimentó un empeoramiento notable, al añadir la necesidad y la urgencia de asegurar el acceso a las fuentes de petróleo y a su conducción, contempladas como un aspecto más del conflicto geoestratégico y con el ánimo de establecer protectorados políticos como el instaurado en Japón después de 1945.