Catástrofe

IGNACIO RAMONET

OPINIÓN

¿SE PUEDE hablar de una estética de las catástrofes ? ¿No resulta odioso y hasta repugnante asociar dos palabras tan opuestas? La estética nos hace pensar de inmediato en lo armonioso y lo bello mientras que toda catástrofe significa horror, drama, sufrimiento, destrucción y muerte. Si evocamos esta cuestión cuando el desastre del Prestige sigue castigando con tanta impiedad nuestra geografia y nuestras gentes es porque, en París, la Fundación Cartier está presentando, con el título Lo que ocurre , una insólita exposición de los accidentes, concebida por el filósofo Paul Virilio. Se muestran algunas piezas de artistas contemporáneos que imaginan catástrofes: el derrumbe de un edificio o la caída de un avión. En un laberinto de salas oscuras, una serie de pantallas de cine y de vídeo presenta también las imágenes documentales, sacadas de noticieros, de las grandes catástrofes del siglo XX: el terremoto de San Francisco, el naufragio del Titanic , el incendio del zeppelin Hindenburg , etcétera. Se insiste sobre las grandes catástrofes recientes: Seveso, Three Miles Island, Bhopal, Chernobil, guerra del Golfo, guerra de Kosovo, terremoto de Kobe, epidemia del sida, naufragio del Erika , crack de las bolsas, atentados del World Trade Center... Y no cabe duda de que, de haberse producido unas semanas antes, la tragedia del Prestige hubiera también figurado en esta insólita exposición. Conozco desde hace muchos años a Paul Virilio. Es uno de los pensadores más originales de nuestro tiempo y sin duda uno de los intelectuales franceses más traducidos en el mundo. Muy conocido sobre todo por su crítica radical de las nuevas tecnologías y por sus reflexiones sobre lo que él llama la dromología , el estudio de la velocidad. La aceleración como dimensión obligatoria de muchos fenómenos de la vida contemporánea: la economía, la política, el arte, la cultura de masas, el saber, la guerra, etcétera. «Una de las consecuencias de la velocidad y de la aceleración -me dice-, es el accidente, la catástrofe. El accidente es una consecuencia indeseada del progreso técnico. No se puede tener progreso sin accidente. Éste es su gemelo inseparable. Cuando se inventó el tren, sin saberlo se estaba inventando el accidente de tren. Quien inventó el petrolero, inventó al mismo tiempo las mareas negras». Pero, le digo, ¿exponer los accidentes en una galería de arte, no constituye una suerte de blasfemia?, ¿un insulto a las víctimas?, ¿no significa considerar el accidente de cierta manera como una obra de arte mostrada a la admiración de los ciudadanos? «No -me contesta-, hay que mirar el accidente cara a cara. Es preferible exponerlo que exponerse a él. El accidente forma parte de la historia contemporánea. Pero existe una especie de optimismo idiota, de euforia tecnofílica, de ceguera que consiste en creer que todo lo que es moderno es ideal y perfecto, porque resulta del progreso técnico. Cuando lo que hay que recordar, sin ser pesimista, es que la consecuencia ineluctable de toda invención técnica es el accidente». Según Virilio, uno de los principales fenómenos que distinguen a la civilización contemporánea de las precedentes es la velocidad. Y toda sociedad que desarrolla la velocidad desarrolla al mismo tiempo los accidentes. En latín accidens significa lo que llega, lo que ocurre, lo inesperado , lo que nadie pensaba que podía suceder. Y lo que Virilio quiere demostrar es que, en realidad, cualquier accidente contemporáneo es previsible. Está programado. Lo que debería sorprender no es que el accidente o la catástrofe ocurran, sino lo contrario, que no sucedan. Esto sí que sería sorprendente. Las autoridades no quieren pensar en ellos. Como si no debieran producirse nunca. Virilio pretende demostrar con esta exposición -él sueña con un museo del accidente - que hay que inventar una accidentología , ya que los accidentes tienen su lógica. Pensar la catástrofe es preverla. Y preverla es aprender a evitarla.