MIENTRAS un año más -pronto se cumplirán los dos siglos- se han llevado a cabo las representaciones conmemorativas de la batalla de Elviña entre las tropas napoleónicas y las británicas de Moore, se me vienen a la cabeza las tumbas del general en el jardín de San Carlos, en La Coruña, y la de su amada lady Stanhope en el lejano Líbano. Sobre la del escocés estará lloviendo, mientras que sobre la de ella seguirán creciendo salvajes los girasoles, las moreras, los tréboles y los olivos en medio de un paisaje casi desértico. La memoria del primero está conservada, mientras que la de su dama se pierde románticamente junto a las ya escasas ruinas del monasterio en donde vivió durante sus últimos veinte años. Esta región que se encuentra entre Beirut y Sidón, muy cerca de la costa, está poblada de monasterios maronitas, ortodoxos griegos puros y católicos que reconocen la autoridad del Papa, pero en cuya liturgia utilizan el rito bizantino, como en el monasterio del Santo Salvador en Deir Mujalles. A poca distancia de aquí, en el pueblo de Yun, compró lady Stanhope a un mercader de Damasco un imponente monasterio. Luego, poco a poco, fue levantando un jardín donde crecían las más diversas y raras especies. Un jardín prohibido por el que no consentía pasos profanos. Sin embargo Lamartine fue uno de los pocos elegidos. Él le agradeció este gesto de confianza intelectual realzando su imagen y su aventura en el libro Viajes por el Oriente . La sobrina de Pitt no sólo se dedicó a la meditación, el espiritismo, la magia o la astrología. Reclutó un ejército de mercenarios albaneses y participó en las luchas locales a favor del gobierno imperialista turco. Bajo su protección quedaron muchas poblaciones cristianas al albur de los poderosos señores del Islam. Al envejecer, su poder también declinó. Se cortó el pelo al cero y vestida con ricos trajes de cachemira y fina seda recibía a sus invitados entre las sombras de la noche. Carcomida por la tuberculosis fue abandonada y saqueada por la servidumbre. El cónsul británico la encontró muerta y la mandó enterrar, cumpliendo sus deseos, al lado de la tumba de su último amante: un capitán de la Guardia Imperial de Napoleón. ¿Qué hubiera pensado Moore? ¿Para esto murió con su nombre entre los labios? Paradojas de la vida. Lady Stanhope huyó de la corte londinense para ahogar sus penas en el Oriente. Entró en Damasco como una reina del antiguo Egipto y cabalgó casi doscientos kilómetros desérticos para llegar a la ciudad abandonada de Palmira. No fue la única aristócrata que huyó, en pleno siglo XIX, de la aburrida vida europea. Lady Ellemborough, después de tener numerosos maridos y amantes principescos como Luis I de Baviera, Otto I de Grecia o al mismo Balzac, se casó con el emir Abd al-Kader. Se dedicó al esoterismo y fue apreciada por Richard Burton. La marquesa de la Tour d'Auvergne dejó su palacio y se fue al monte de los Olivos a esperar el Juicio Final. También lady Stanhope tuvo estas revelaciones espirituales. En los establos cuidaban un precioso caballo blanco con el que entraría en Jerusalén acompañando el definitivo retorno del Mesías. Huyeron mujeres a Oriente y también lo hicieron hombres cultos como Flaubert, Chateaubriand, Thackeray, Renan o Mark Twain, que enfermó de cólera. Diversos viajeros como, por ejemplo, Colin Thubron, que estuvo a finales de la década de los sesenta del pasado siglo, describen la ruina de aquella ciudad-estado. Sólo quedaban lienzos de muros que yo ni tan siquiera pude vislumbrar, tres décadas después, entre amasijos de cascotes cubiertos por la arena y la vegetación de nuevo virgen. La tumba enraizada y estallada por los olivos y los terremotos, se encontraba resquebrajada por doquier. Apenas pude leer el nombre completo y las fechas de nacimiento y muerte (12/3/1776-23/6/1839). De aquel jardín de arena arranqué unos girasoles y los puse sobre los huesos pelados que tanto amó nuestro héroe.