ESTOS SON los tiempos de la fusión, del eclecticismo y de la mezcla. Un gallego con inspiración musical no tiene por qué tocar la gaita y nada más que la gaita. Pero a los radicales del vasquismo, ardientes de pasión legislativa, les parece que sí, y que la pequeña Ainhoa debería estar aporreando la txalaparta y dejarse de esas fusiones con Celine Dion, Barbra Streisand y Mónica Naranjo que la han llevado al estrellato y a las gargantas desaforadas de miles y miles de adolescentes. El mito del prototipo racial ya no vale. Los vascos no son tan unidimensionales como nos quieren hacer creer. Están tan extendidos por el mundo como los gallegos desde los tiempos de Colón, cuando un vizcaíno llamado Chacho desertó en la Hispaniola con otros mozos de su tierra e inició probablemente, en la tribu de Cahonaboa, esa mágica fusión generadora de las criollas caribeñas, que no tienen Rh positivo pero que marcan el camino por donde irá, si todo va bien, la evolución de la humanidad hacia el estado angelical.