A MEDIADOS de los años 80 cuando, al despegar, se incendió el transbordador Challenger el nobel R. Feynman realizó un informe claro y hoy -desgraciadamente-premonitorio para el ya entonces existente Columbia . Poco importa que dicho informe estuviera a punto de ser rechazado por la Comisión de Investigación y fuera relegado a un apéndice final (lo que no deja de ser ilustrativo del peligroso pulso entre conocimiento y presiones políticas). Hablaba Feynman de que «la administración de la NASA exagera la fiabilidad de su producto hasta extremos fantásticos», del «deslizamiento hacia un factor de seguridad cada vez menor», de engañarse unos técnicos a otros pues «¿hasta qué punto sabemos que las grietas siempre crecen con lentitud suficiente para que no pueda producirse ninguna fractura en una misión?» y que, en conclusión, «se realizan vuelos en condiciones relativamente poco seguras». Este deslizamiento desde la prudencia a la temeridad -tan actual en los meses del Prestige- tiene en la trastienda argumentos de ahorro y carrera competitiva. Según el nobel de Física, «resolver estas cuestiones es extraordinariamente caro» y hay contínuas presiones «para reducir estas pruebas complicadas y costosas», «ahorrar dinero es reducir el número de cambios requeridos». El, al parecer, competitivo y exitoso programa de los transbordadores basado en la reutilización de la nave (frente a la opción de las cápsulas de un solo uso) podría así estar siéndolo a costa de no asumir todos los costes necesarios y de no ser realistas en los riesgos. Si este asunto (prudencia frente a temeridad) lo aplicamos a los riesgos y acontecimientos inciertos derivados de una ofensiva militar gestionada por el mismo complejo industrial-militar, se le ponen a uno los pelos de punta. Hay en todo esto una delgada línea que enlaza el hecho de que el Challenger nunca debió despegar aquel día, que el Mar Egeo nunca debió entrar en puerto aquella mañana, que el Columbia y el Prestige debieron haber sido jubilados hace años..., y es que el riesgo y los daños no deben ser infravalorados o sencillamente encubiertos, ni deben escamotearse recursos en su corrección, ya que, en palabras de nuestro autor «la realidad debe tener preferencia sobre las relaciones públicas, pues la naturaleza no puede ser engañada».