EN LOS ÚLTIMOS tiempos estamos asistiendo a una especie de linchamiento moral del Gobierno, especialmente de algunos de sus miembros, como doña Pilar del Castillo. Casi no hay día que no se monten broncas. Cuando no es durante la entrega de los premios de cine, es en un pase de modelos. Es bueno criticar razonablemente al Gobierno. Lo es para los ciudadanos y también para el propio Gobierno, en la medida que la crítica, dentro de una visión integradora e independiente, puede contribuir a mejorar su gestión, porque lo que caracteriza a un gobierno democrático como el español de otros que, con gran papanatismo e inconsecuencia, parecen añorar algunos, es que está sometido a la legalidad y, en todo caso, comete errores pero no perpetra crímenes. Se critica a la ministra el hecho de que los alumnos de Primaria tengan que repetir por suspender más de dos asignaturas. Se trata de una norma, más o menos relativa o contingente, que materializa un principio fundamental para la convivencia democrática. El principio es el de la responsabilidad, que debe ser la otra cara de la libertad en una sociedad abierta. Parece muy claro entre los preocupados por los temas educativos que es preciso reforzar la educación de la voluntad. La denostada voluntad que, junto a la inteligencia, forma los dos pilares básicos de la búsqueda de la excelencia en la vida. Es preciso saber, pero también hay que aprender a querer. Por parte de los educandos, pero también de los educadores. Los procesos de calidad en cualquier sistema deben establecer claramente unos límites de tolerancia en la aceptación o rechazo. Conviene contar con los expertos para fijar tales límites, pero sin olvidar que sin ciudadanos dignos de tal nombre no resulta posible construir la ciudad.