LA letra de Cela es picuda, rara, diminuta, letra de tela de araña, como de divino miope. La veo en la exposición de sus manuscritos en la Fundación Cela. Está también el manuscrito de La cruz de San Andrés (94). Uno cree que Cela pudo tener acceso al hilo argumental de otro texto, pero tengo claro que sólo el talento monumental, descabellado, del autor pudo escribir esas líneas. El Nobel escribía en cuadernos, en papeles de Renfe. Hacía párrafos tan apretados que hubiese podido anotar un capítulo entero en un billete de metro. Se descubren sus millones de anotaciones, las frases de periódicos de la época que luego intercalaba como una letanía en medio del texto: «El tigre de Mugardos vence por K.O.». Está el poema que le dedicó a Picasso, también de puño y mano, cuando el pintor cumplió 85 años: «Tú sabes que acabas de cumplir 14 años o 26, qué sorpresa para los periodistas cuando se enteren». En Madera de boj (99) se ve como complica sobre complicado, para coger el ritmo de las olas, las monótonas, las que dicen sí a las rocas, y las de tormenta, las que dicen no al hombre. El personaje puede gustar o disgustar. El escritor, a mí, me entusiasma. Pero, con esta muestra, está claro que Cela escribía al pie de la letra, del talento, todos sus textos.