UNA DE LAS joyas del patrimonio gallego, aunque pequeña en tamaño, es la iglesia de Santiago do Burgo (Culleredo), una belleza románica construida en el siglo XII al extremo de un puente, principal acceso a la incipiente ciudad de A Coruña, el Burgo do Faro. Ayer ardió su sacristía y a punto estuvo de quemarse toda, si no fuera porque la piedra vieja no es buen combustible. En el siglo XII, los templarios vigilaban aquel puente en coordinación con la autoridad eclesiástica superior y con los principales de la villa. Hoy decimos que el mundo se hace pequeño, pero no en este caso: O Burgo el del puente y el Burgo do Faro se han alejado por el atasco de competencias. Por culpa de esa distancia virtual, los bomberos urbanos no llegaron al fuego hasta que el daño estuvo hecho. Entonces sí, aparecieron los bomberos coruñeses, los innumerables grupúsculos de protección civil de toda la comarca, alcaldes, ediles y aficionados a la historia. ¿Será algún día realidad útil ese concepto de las áreas metropolitanas que tan bien queda en planes y maquetas? ¿O habrá que lamentar que ya no estemos en el siglo XII y no tengamos un Alfonso IX que nos dé, como hizo en aquel remoto medievo, fuero de urbe y racionalidad?