EN LOS tiempos de la colonia, al indio norteamericano le asistía el derecho de escapar por pies de la civilización que venía del Atlántico. Después de la independencia (bastante después), y por eso de que los padres peregrinos se habían comido el pavo en amor y compañía con los wampanoags (a los que no les debió sentar bien la cena, porque no se volvió a saber de ellos), se pusieron de moda los tratados. Como decía el comisionado Mr. Mix, allá por 1855, el objetivo de los tratados «es extinguir la posesión india de amplias extensiones de tierra (...) y dotarlos de lugares (...) donde puedan ser controlados y domesticados. La única alternativa (a los tratados) es exterminarlos». La cosa se fue modernizando: en 1868, con el tratado de Laramie, los sioux Lakota (los de Bailando con lobos ) lograron el dominio de un buen territorio. Eso sí, fueron desposeídos de él en 1872, cuando se descubrió que allí había oro. Los que gritaron nunca máis contra esta perrería fueron declarados hostiles por el Gobierno y se mandó a reconducirlos a un tal general Custer, de historia posterior bien conocida. Pues bien, en los Estados Unidos de hoy, concretamente en el territorio satélite de Guantánamo, hay unos cientos de indios afganos que, según un tribunal federal, no tienen ningún derecho en aquel país. No es que reclamen pavo en salsa de arándano; estarían contentos con un tratadito aunque fuera tan falso como el de Laramie. De momento sólo les han ofrecido uno del tipo Mr. Mix, más bien tendiendo a la «única alternativa».