El discurso de Bush

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

24 mar 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

CON EL discurso de Bush en la mano, y sin cambiarle una sola letra, los turcos enviarían su ejército al Kurdistán a luchar contra el terrorismo, y se quedarían allí sine die , vigilando la paz y sacando petróleo. Con el discurso de Bush en la mano, sin añadirle un párrafo, los prisioneros ingleses y americanos serían conducidos a un campo de concentración como el de Guantánamo, sin abogados, sin plazos y sin derechos.Con la Constitución de los EE. UU. en la mano, y con un nivel de independencia judicial similar al que rige en Washington, un juez iraquí podría sentenciar que los que invadieron ilegalmente su territorio no tienen derechos procesales en Irak, siempre que los encierren en una base militar fuera de su soberanía.Con el Convenio de Ginebra en la mano, siempre que sea la misma edición que lee Donald Rumsfeld, los prisioneros americanos no podrían ser interrogados delante de las cámaras de Al Yazyra, pero podrían ser filmados puestos de rodillas, en el momento de su detención, para después exhibirlos en fila india, con las manos en la nuca, para humillar a su país.Con el discurso de Bush en la mano, sin quitarle ni ponerle una coma, nadie se puede quejar de que los iraquíes siembren de minas personales toda la superficie de Bagdad, porque nada se le puede exigir a quienes no firman los convenios internacionales que prohíben su fabricación y utilización.Con el discurso de Bush en la mano, sin exagerar en nada su interpretación, nadie podría recriminarle a Sadam Huseín la quema de petróleo como instrumento de defensa, ya que, si no se firma el protocolo de Kyoto para administrar la paz, tampoco se va a guardar el mechero cuando empieza la guerra.Con el discurso de Bush en la mano, nadie podría quejarse de que Sadam Huseín bombardease Nueva York o Washington para provocar pavor y acelerar la guerra, siempre que, en vez de tirar las bombas sobre un barrio de vecinos, apuntase directamente a la Casa Blanca, al Capitolio o al MOMA. Porque, con el discurso de Bush en la mano, no hay más ley que las armas.