Lo que el viento se llevó

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

29 mar 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

NO ES QUE España fuera hasta hace unas semanas la Tara idílica en la que Escarlata O'Hara destrozaba los corazones de los jóvenes sureños. No: antes de que empezasen a soplar los vientos de guerra contra Irak, España estaba lejos de ser políticamente un paraíso. Pero, con la dramática excepción del País Vasco, los españoles habíamos logrado asentar un sistema democrático infinitamente más estable que cualquiera de los que habíamos conocido en el pasado. Hasta que la guerra de Irak trajo esa crispación a la que con su olfato para distinguir el heno de la paja se refería ayer aquí Ernesto Sánchez Pombo. Una crispación que amenaza hoy tres de los elementos de estabilidad más importantes de nuestra reciente historia democrática.La imparcialidad del Rey, en primerísimo lugar. Anasagasti se despeluja (es un decir) en el Congreso y pide al jefe del Estado, después de haberlo puesto a caldo, que hable de la guerra. También Anxo Quintana, imitando a su maestro, pide al Rey que tome la palabra. Y al coro de monárquicos sobrevenidos se une Llamazares, que, atolondrado por el éxito, se apunta a todas las batallas: a las buenas y a las malas. ¡Un puro disparate!Puede que Quintana, falto de experiencia y formación, desconozca que el papel que el Rey tiene constitucionalmente atribuido se iría simplemente a hacer puñetas si Don Juan Carlos cometiese la torpeza de tomar partido cuando su misión exige que no lo tome en ningún caso. Pero lo que en Quintana es bisoñez, resulta en Anasagasti y Llamazares puro juego de ventaja: ¿o es que uno u otro serían tan proclives a oír hablar al Rey, si pensasen que iba a decir algo distinto de lo que a ellos les conviene?También ventajista es la decisión increíble del Gobierno de autorizar que algunos altos mandos militares opinen en favor de la intervención angloamericana. Los militares no hablan de política: era este un segundo principio de estabilidad constitucional, aceptado hasta la fecha sin fisuras, que solo ahora Aznar y su Gobierno se han atrevido, de hecho, a derogar. Lo que constituye otro inmenso disparate.El tercer principio, el de la libertad de los partidos democráticos, está hoy también en entredicho por los ataques que sufre uno de los que sostiene nuestro régimen político: nunca antes había sucedido y debe, de inmediato, dejar de suceder. Para eso será necesario rebajar la tensión verbal, a lo que debe ayudar especialmente José Luis Rodríguez Zapatero, que podría ser mañana presidente. Y que no debería olvidar que este Gaspar Llamazares que ahora califica a Aznar de genocida pertenece al mismo partido que aquel Julio Anguita que acusaba a Feliple González de ser el hombre X de los GAL.