APARECIÓ en la guerra de Irak el terrorismo como opción estratégica, los combatientes/bomba, como los suicidas palestinos en la retaguardia civil del Ejército judío, que lleva los soldados al frente civil de la resistencia árabe por Gaza y Cisjordania. Y no sólo refleja este último hecho nuevo, el de la muerte de cuatro soldados por el suicida que simulaba ser un taxista, la evidencia de que el terrorismo sea la continuación de la guerra por otros medios, apurando la observación de Clausewitz de que la guerra prolonga la política por medio de otras maneras; es que Sadam, siquiera sea para defenderse, prueba su vínculo operativo con el terrorismo internacional, del que lo acusaba EE.?UU. No sería preciso, así, la complicidad de Bin Laden. Ahora sólo falta que, para reconocer la segunda acusación -de conservar las armas químicas y biológicas que le suministró EE.?UU. durante la guerra con Irán, conforme a los términos negociados por Donald Rumsfeld, precisamente-, venga Sadam a emplear la llamada «bomba atómica de los pobres». Pero esto ocurriría más adelante, si la guerra se prolonga: cuando el general verano -estrella de los estrategas iraquíes- haga su aparición con la subida de los termómetros: no serán entonces practicables los trajes NBQ, de que están dotadas las tropas aliadas. Con los fedayín suicidas, la resistencia militar(¿) iraquí juega una carta más sumada a la acción de las guerrillas.La guerra de Irak cabe menos cada vez en los war game , en los simuladores de batallas. Resulta el hueso iraquí cada vez más duro de roer, acaso porque sea hueso y energía fósil, como el propio petróleo. Se aleja más y más la contienda en Irak de la inicial idea de un paseo militar. Como se dice en la literatura de gran consumo, la dictadura iraquí vende cara su derrota.