Fundamentalismos y «des-prestige»

| ANDRÉS PRECEDO LEDO |

OPINIÓN

10 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

EL ESTADO del mundo se hace día a día más inquietante, y es cada vez menos un estado de buena esperanza, como antes se llamaba a los embarazos. De que la situación es la de un embarazo de alto riesgo no hay duda. Por un lado, el fundamentalismo estadounidense, del que escribió Galtung, según el cual se autoproclaman los poseedores de la verdad y de la justicia, bajo la causa de la democracia y un maniqueísmo tan simplificador como deformante. Un ambiente muy propicio a la consolidación de una extrema derecha fundamentalista en EE.?UU., al amparo de Bush. De otro lado, el fundamentalismo musulmán o islámico que moviliza a millones de personas en las calles, que aplauden «a los guerreros santos que mueren buscando el paraíso» porque «ha llegado la hora de barrer a los infieles donde quiera que se encuentren». Parece que revivimos -con otra perspectiva intencional- el caído escenario de las dos torres gemelas. Dos fundamentalismos frente a frente. Muy distintos, pero fundamentales. Y en medio -como paladín de no se sabe qué­- la posición de Aznar. Una posición tan arriesgada que trajo consigo el enfrentamiento con la mayoría de los españoles. La calle hablaba bien claro, pero las encuestas del CIS lo concretaron más. Un símil contemporáneo, un revival de aquel despotismo ilustrado de antaño que gobernaba para el pueblo pero sin el pueblo. Un método que nunca dio, ni dará, buen resultado, y menos en una democracia. Luego pasa lo que pasa.Pero además, el discurso del ilustrado no convence. Ni la falta de apoyo de Alemania y Francia a las pretensiones españolas ante la ampliación de la Unión Europea; ni la importancia de la comunidad hispana -casi todos mexicanos y puertorriqueños- en Estados Unidos; ni el apoyo americano al singular conflicto con Marruecos en el peñón de Perejil; ni el apoyo al terrorismo internacional; ni las razones de la guerra preventiva, ni las amenazas a la libertad, ni la responsabilidad ante el mundo, ni razón alguna, acaban de convencernos a los españoles de la decisión de Aznar. Mal asunto es decidir con todo el pueblo en contra. Peor asunto es que el pueblo no encuentre explicaciones convincentes, ni se las sepan dar, si es que las hay. Mal asunto, en todo caso, es todo esto. Inmersos entre dos fundamentalismos, roto el diálogo entre el pueblo y el Gobierno; alteradas nuestras relaciones internacionales y culturales históricas y con la sociedad crispada por tanto desatino, las consecuencias de la guerra son para nosotros cada vez más preocupantes. Que yo recuerde es el cuarto des-prestige en poco tiempo; y éste mucho peor que los anteriores, aunque, como en el penúltimo, también ahora el petróleo lo embadurne todo, o casi todo. Mucho me gustaría creerme que esto no fuera así, que es la noble causa de la democracia lo que lo explica todo. Mucho me gustaría, por el prestige del mundo civilizado.