AGOBIADOS por el alboroto infantil, que no se combate con la herramienta universal del hogar, el mando a distancia, los padres acuden al mercado en busca de libros-herramienta que les sirvan para poner en orden a los niños. Un primer análisis de esta tendencia sugiere que esos instrumentos deben ser de escaso volumen y en encuadernación rústica (o sea, sin tapas duras), no vaya a ser que los padres usen la herramienta como las que utilizaban con ellos sus padres, que llevaban hebilla y no solían traer más letras que las justas para decir hecho en Ubrique . Los profesores lo tienen hoy muy difícil: cómo despertar interés con la voz y la pizarra entre un público consumidor de conocimientos y entretenimiento fabricados por toda una industria mundial de hábiles realizadores, animadores, guionistas, servidos a todo color y con interactividad. Los padres también lo tienen complicado; seguramente tendrán que acudir a la emulación y dar ejemplo y saberes a sus niños. Algo así -pero no al pie de la letra- como lo que relata Ambrose Bierce en uno de sus fantásticos cuentos: «Fue así que yo carecí de muchas de las ventajas de que gozan los hijos de padres deshonestos e inescrupulosos, y de no haber sido por una madre noble y devota (...), habría crecido en la ignorancia y habría sido obligado a asistir a la escuela».