CADA VEZ que Aznar abraza a Yaser Arafat está demostrando que sabe distinguir entre la intifada y la kale borroka . Cuando Fraga saludó a Castro en La Habana y rehusó el viaje a Bagdad, estaba distinguiendo entre dos dictadores. Cuando los alemanes y los italianos acabaron con la Baader Meinhoff y las Brigadas Rojas, mientras Inglaterra negociaba con el Sinn Fein y el IRA estaban distinguiendo entre unos y otros terroristas. Cuando Bush desarma a Irak y rearma a Musharraf está distinguiendo entre Estados traviesos. Cuando la OTAN intervino en Serbia y en Kosovo, mientras miles de hutus y tutsis se mataban a machetazos, estaba distinguiendo entre conflictos étnicos. Cuando hablamos de Chechenia, Sierra Leona, Eritrea, Colombia, Argelia, Kurdistán o Cachemira estamos haciendo sutilísimas distinciones que nos permiten adoptar decisiones y actitudes diferentes. Y por eso me extraña tanto que nuestro presidente siga empeñado en hacer un discurso que, basándose en una exagerada simplificación de la realidad, le permite convertir la política mundial en una película de vaqueros, donde todo se arregla con la simple distinción entre los buenos y los malos. Desde Pericles y Solom para acá, la cultura jurídica y política de Occidente se basa en distinguir, y, de la misma manera que sabemos diferenciar un homicidio involuntario de un asesinato, o una expropiación de una confiscación, también deberíamos saber que la precisión de los conceptos es esencial para hacer buenos diagnósticos políticos y afrontar adecuadamente los problemas. El propio Aznar sabe que, a pesar de su abrumadora claridad, tiene enormes dificultades para hablar del conflicto israelo-palestino sin intercambiar la calificación de patriotas y terroristas entre los bandos contendientes. Y todos hemos sido testigos de cómo algunos personajes y organizaciones como Begin, Adams, Golda Meyr, Mandela, la resistencia francesa, los independentistas argelinos y el propio Fidel Castro han ido cambiando de calificación jurídico-política, hasta recibir grandes honores de quienes antes les trataban como peligrosos delincuentes. Frente a la atrevida intervención de Aznar, que en sólo diez minutos sembró los montes de orégano, vale la pena reflexionar sobre un hecho que le recordó el embajador británico ante la ONU. Porque, si en más de cincuenta años de trabajo no hemos sido capaces de encontrar una definición del terrorismo que sea aceptable para todos, difícilmente podemos determinar, sin vacilar, que todos los terroristas son iguales. Salvo que, además de meter a Arafat y Sharón en el mismo saco, le llamemos terroristas, también, a los que tocan en clave de fa y tono de si bemol.