Menem frente a Kirchner

| HENRIK LUMHOLDT Y RAFAEL PAMPILLÓN |

OPINIÓN

08 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

LOS ARGENTINOS vuelven a ir a las urnas, el 18 de mayo, para elegir un nuevo presidente. ¿Cambiará esto algo? Pues puede que sí, aunque no lo parezca a primera vista. Razones para el escepticismo no faltan. Tras la introducción del llamado corralito financiero que impedía a los ciudadanos el acceso a sus propios depósitos bancarios, la suspensión de pagos más grande de la historia, una devaluación que supuso una caída del 70% de la divisa frente al dólar y la pesificación forzada de los préstamos y depósitos bancarios en dólares, francamente ha sido fácil concluir que el país simplemente no tenía arreglo. Pero aunque faltan claramente piezas esenciales para una recuperación a medio-largo plazo, existen señales de que las cosas se están, al menos, normalizando en cuanto a la economía y los mercados financieros. A primera vista, quizá los dos candidatos peronistas no parezcan representar mucho cambio. Carlos Menem, que ya ha sido presidente en dos legislaturas, se presenta por tercera vez, y su rival desde hace tiempo, el actual presidente Eduardo Duhalde, acude a estas elecciones indirectamente a través de su candidato Néstor Kirchner. ¿A dónde se irán los votos de Adolfo Rodríguez Sáa, otro peronista que logró ser presidente durante unos pocos días en diciembre del 2001; los del economista liberal Ricardo López-Murphy y los de Elisa Carrió? Nadie lo sabe, las encuestas y los analistas políticos ven más probable una victoria de Néstor Kirchner, pero el resultado no se sabrá hasta después de las elecciones. Aunque los dos candidatos son peronistas, la retórica de Menem es claramente más pro-mercado y de ortodoxia en política económica, mientras que el discurso de Kirchner es más populista, insistiendo en que Argentina no debe sentirse obligada a pagar toda su deuda exterior, que tendrá que ser renegociada en cuanto a su cuantía y vencimiento. El programa de Menem, aunque quizá se acerque más a lo que quiere la mayoría, está precedido de fuertes acusaciones de corrupción. Además, las diferencias entre los principales candidatos son probablemente más superficiales que de fondo. En primer lugar, existe una feroz rivalidad entre ellos, que va a condicionar sus campañas electorales. En segundo lugar, y esto es lo más importante, la situación del país limita bastante las opciones. Difícilmente se podrían repetir los fallos de política económica anteriores y cualquier presidente con pretensiones de gobernar más tiempo que un corto periodo tendrá que enfrentarse a la realidad económica con seriedad. Argentina necesita solucionar el problema de su deuda y llegar a un nuevo acuerdo con el FMI, recapitalizar su sistema bancario, reformar su sistema de finanzas públicas, poner orden al derroche sindical, restablecer la confianza en su moneda y gestión económica y atacar la corrupción que va desde la Corte Suprema hasta el último diputado (salvo honrosas excepciones). Los aspectos positivos son que la economía está reaccionando favorablemente ante la devaluación con un fuerte empuje de las exportaciones y una mayor habilidad de competir con las importaciones y que su alta inflación ya se está moderando. Esto, probablemente, dará lugar a un crecimiento por encima del 4%, tanto este año como el siguiente (pero siempre sobre una base de actividad económica muy reducida tras la crisis). Un candidato racional no querrá despilfarrar las oportunidades que ofrece este trasfondo, si el escenario político del país del Cono Sur, complejo después las elecciones, se lo permite. Con un poco de suerte el ganador podría ser un segundo Lula, oveja vestido de lobo, en beneficio de la bolsa española, lo que le daría ventaja frente a las demás plazas europeas.