«NO QUERRÁN nunca mejorar por la sencilla razón de que creen que son perfectos. Su vanidad es más fuerte que su miseria». El escritor siciliano Giusepe Tomasi di Lampedusa puso en boca del príncipe Fabricio de Salina esta frase para denunciar la actitud altiva y arrogante y la escasa capacidad de rectificación de quienes, en su obra literaria, detentaban el poder. Es como si Lampedusa estuviese asistiendo estos días al debate político en este país. De forma especial tras el inicio de la campaña electoral. Algunos se niegan a rectificar, convencidos de que sus presuntuosos discursos son los que los conducirán al éxito, anclados en la ofuscación. Cuando estos días oigamos hablar de coalición radical, de fraude electoral, de pactos ilegales, listas negras, pancarteros, pucherazo cocinado en Moncloa y guerra legítima, sabremos que lo hacen quienes se hallan instalados en una contumacia espantosa. Cuando estos días escuchemos decir que el Prestige fue un accidente y no una catástrofe, sabremos que lo hacen quienes aún no están dispuestos a aceptar que la mentira nunca produce frutos. Averroes acostumbraba a decir que hay cuatro cosas que no pueden ser escondidas durante mucho tiempo: la ciencia, la riqueza, la pobreza y la terquedad. Sobre todo, eso. Sobre todo, la terquedad.