LO MÁS llamativo de los últimos atentados terroristas internacionales es que nadie se ha manifestado sorprendido por el hecho de que se produzcan. El vicesecretario de Defensa de Estados Unidos, Paul Wolfowitz, tras conocer el quíntuple ataque suicida de Casablanca, lo dijo con claridad: «No es una sorpresa», e indicó que los terroristas habían elegido Marruecos porque es un país que está dando pasos importantes hacia la democracia. Los terroristas, según Wolfowitz, se oponen al progreso y quieren propiciar un proceso de involución entre árabes e islámicos. Pero no es el neoconservador Wolfowitz el único que no se ha declarado sorprendido. En el Reino Unido y en Francia se habían hecho advertencias premonitorias, que se han visto acreditadas por los hechos, para mayor (y estéril) gloria de sus servicios secretos. Y en nuestro país hasta Pasqual Maragall (PSC) dijo que el atentado «se veía venir». Y añadió: «Pero cuando uno lo decía, tenía la sensación de que le podían acusar de ser un ave de mal agüero; por tanto, te lo callabas y lo decías con la boca pequeña». ¿Tan visible es la línea de fuego del terrorismo internacional? ¿Tan predecible? ¿Es tan natural que actúe sin que ni siquiera podamos sorprendernos por ello? Más allá de la disputa partidista que lleva a Felipe González a decir que Aznar es el único español que no relaciona los atentados de Casablanca con la guerra de Irak, o de la que lleva a Aznar a arremeter contra Zapatero por «perder los papeles» al establecer este vínculo, está la nueva realidad internacional de un terrorismo que puede golpear en cualquier parte sin que podamos mostrar estupefacción o asombro porque está anunciado que así será. La doctrina del orden y la seguridad para todos, tan cacareada por Bush, se resquebraja ante la certidumbre de más atentados y más muertes. Una realidad que desplaza la esperanza hasta un horizonte bélico de victoria sobre los patrocinadores y ejecutores del terrorismo. La guerra continúa. Y va para largo, lamentablemente.