¿Nacionalizarse francés?

| RAMÓN CHAO |

OPINIÓN

LLEVO EN FRANCIA cerca de medio siglo y jamás se me había ocurrido nacionalizarme. El tiempo pasado aquí, con mujer e hijos franceses, me otorga derecho para hacerlo en un dos por tres. Y en lo que se llama hacer carrera hubiera sido muy rentable. Igual le sucede a Ignacio Ramonet, que como yo sigue empeñado en ser español. De haber cambiado de pasaporte, en lugar de ser el honesto director de uno de los periódicos más importantes del mundo, Ignacio estaría hoy al frente de cualquier ministerio (de Educación, digamos; no de Defensa), o rector de la Sorbona. Más modestamente, en un organismo estatal como es la Radio y Televisión francesa, a mí no me hubieran faltado ocasiones para medrar en un campo donde intrigan los nativos, y promesas no me faltaron a cambio de un trámite banal. Pero somos sentimentales y perezosos, y la idea de pedir un certificado de nacimiento nos paraliza. Sin embargo, llega un momento en que se colma el vaso. Llegué aquí con veinte años y una beca, y no regresé a mi pueblo por el ambiente irrespirable en todo el territorio nacional. Ahora que se vuelve a las andadas me sube idéntica impresión, como las magdalenas le hacían revivir los recuerdos a Proust. Me sucedió el otro día en el consulado de España en París. Ingenuamente fui a informarme de cómo había que hacer para votar. Ni Ignacio ni yo recibimos las papeletas. Las paredes del local están llenas de notas administrativas incomprensibles para un tarado como yo. «Lea usted la información», respondían a mis preguntas, o «No es asunto nuestro, sino de su mesa electoral». Es que en mi casa no hay mesa electoral, les dije, que no me cuesta mucho hacerme el tonto. El ambiente, el clima, el color acre de los muros exhalaban reminiscencias pretéritas. Y tonto soy, que se me ocurrió pedir la renovación del pasaporte. Me lo hicieron pagar por adelantado (27,80 euros, para más señas) y que esperara una hora. Pasó la hora, pasaron dos e íbamos ampliamente para tres. Al cabo me decido a quejarme. «Si no puede esperar, vuelva otro día», tal fue la respuesta larriana y franquista del funcionario de la ventanilla número cuatro. Reconozco que, aparte de este exabrupto, la reacción del personal fue amable y correcta. Subo a ver al cónsul. No estaba ni uno de los tres con los que cuenta el consulado, y nosotros (éramos unos treinta), esperando a que firmara los pasaportes. Me mintieron: uno está firmando pasaportes en provincias; otro en un hospital y el tercero le llevó el pasaporte a un residente que está muriendo. O sea, que se necesita llegar a esos extremos para que lo atiendan a uno. Recordé aquella anécdota de los años que se reproducen ahora: «Cuando no están aquí es por las tardes; por la mañana no vienen». Al cabo, y visto el lío que se armaba, dijeron que uno del trío consular llegaría dentro de media hora; estaba en un atasco. Pedí el libro de reclamaciones, como en cualquier gasolinera. No lo encontraban, y todos esperando. Ya, cabreado, pido una hoja de papel, escribo la reclamación y exijo que le pongan el membrete oficial, lo cual hacen gustosos, pues no sé para qué coño me va a servir el cuño. Salgo a la calle al cabo de cuatro horas. Por segunda vez en mi vida me han puesto una multa en la moto, y ésta de tanto esperar. Todavía está el gendarme por los andurriales. «¿No sabe usted que no se puede aparcar delante de un organismo oficial?». «Pero señor -le dije- ¡este consulado no funciona!». He de decir que de los tres servicios oficiales españoles dos funcionan bien: la embajada y el Instituto Cervantes, al que doné mi biblioteca, que no quiso Pérez Varela, pero como ven, el consulado sigue como antes. Me marché sin pasaportes. Se quedaron con el antiguo, que aún era válido, con el nuevo (sin firmar), con los veintitantos euros y encima me metieron una multa. Así que no podremos votar, ni Ignacio ni yo. Dos votos menos. Espero que a él le suceda algo parecido, en el consulado o en otra parte, para que al fin tomemos un determinación, porque, no se si ustedes saben, todas las decisiones las tomamos juntos: ir a exposiciones, escribir libros y colaborar en periódicos. Y en este caso, al fin y al cabo, ¿qué más da ser españoles o franceses, si siempre seguiremos siendo gallegos?