LAS CIUDADES son espacios dinámicos y preñados de interés porque concentran abundante capital humano, pensamiento crítico y espíritu de libertad. Las ciudades producen ciudadanos, pero también configuran y expanden valores positivos, anuncian cambios futuros y fundamentan la civilización. Sin detenernos ahora en inevitables matices, debemos reconocer que el mundo urbano gallego ha sido capaz de enviar el pasado domingo un mensaje alto y claro. Las ciudades y los municipios urbanos han dicho que otra alternativa es posible en Galicia, pero que el trabajo hay que hacerlo bien. Que ya no soporta la rutina, la mediocridad, la arrogancia o la ausencia de iniciativas. Que la institución municipal es un magnífico banco de pruebas y que todos los partidos políticos deberían tomar buena nota. Porque el municipalismo gallego tiene todavía que afrontar, al menos, cinco problemas básicos que lo atrofian y singularizan con respecto al municipalismo español. Uno es reconocer o asumir sus profundas debilidades presupuestarias y fiscales, así como iniciar procesos de convergencia y normalización. El segundo problema es reconocer la indisciplina y los comportamientos primarios que sobre el urbanismo tienen instituciones, personas y empresas implicadas. En tercer lugar, estaría el problema de la ampliación y cualificación de los trabajadores al servicio de la administración local, condición imprescindible para el diseño de programaciones estratégicas y para gestionar con eficiencia los servicios públicos. El cuarto problema se asocia al pacto local e implica ajustar la distribución de competencias entre administraciones y mejorar su financiación. Finalmente, estarían los cambios del sector público local ante el declive demográfico, la concentración desigual de la actividad económica, las nuevas tecnologías, las modificaciones en la ordenación del territorio y los procesos de globalización. Son cuestiones que apenas se mencionan en las campañas electorales porque no están en la agenda del político. Pero su consideración es ya inaplazable. Lo exige la propia dimensión política de la institución, así como la irrupción de una demanda social cada vez más culta, exigente y diversificada. Los gobiernos locales ya no pueden ignorar su existencia o intentar minimizar su relevancia y centralidad. Es un imposible. Lo impide el crecimiento acelerado de una nueva mentalidad asentada en el conocimiento y en los valores urbanos. El clientelismo, la subordinación, el caos urbanístico o las incapacidades para la excelencia y la innovación, tienen los días contados. Al menos en sus dimensiones actuales. El mensaje de la ciudad es robusto e inequívoco. Nos anuncia otra vez como debemos modernizar el país.