EL NACIMIENTO del proceso de paz en Palestina acaba de tener su prólogo. Como en los momentos aurorales de los partos de verdad, la situación rompía aguas en la madrugada del pasado viernes. Ariel Sharon, el jefe del Gobierno de Israel, y Abu Mazen, primer ministro en el Gobierno de la Autoridad Nacional Palestina, alcanzaban a cambiar el difícilmente empeorable clima político que existía entre las partes. A cambio de seguridad -convenían los dos interlocutores- el Ejército saldrá de las zonas palestinas, donde se encuentra desde el comienzo de la segunda intifada, que arrastra una cosecha de 2.800 muertos: virtualmente, la misma cifra que la gran tacada terrorista del 11 de septiembre del 2001. Desde este encuentro en Jerusalén, en una madrugada que cabe calificar de histórica, se han establecido las condiciones para que, a la llegada de Bush al balneario jordano de Aqaba, el próximo miércoles, la Hoja de Ruta deje de ser una realidad de pizarra y se convierta en un hecho vivo, con pulso real y cuerpo caliente. Este nuevo clima, con diálogo israelo-palestino ya establecido, no es, sin embargo, el único apoyo de que puede disponer la esperanza. El soporte más sólido para el optimismo estriba en la voluntad resolutoria del conflicto palestino que anima la postura del presidente Bush. Aparece tan empeñado el hombre de la Casa Blanca en que el proceso de paz siga adelante, como lo estuvo en que siguiera adelante también el proceso político que conducía a la guerra en Irak. Podríase incluso decir que aquello y esto, la guerra pasada en Irak y la paz futura en Palestina, forman parte de una sola ecuación, como los dos tiempos de un mismo proceso de cambio en el Oriente Medio. Así, la paz entre Israel y los palestinos, cuyo camino se abre, no sólo sería el cierre de un capítulo iniciado el 20 de marzo con misiles en Bagdad, sino el principio de una historia nueva en la geopolítica euroasiática. Arafat parece tan desaparecido como Sadam Huseín.