MIENTRAS el presidente estadounidense, George Bush, recorre Europa en un medido intento de reconstruir, sin hacer concesiones, unas relaciones maltrechas por la guerra de Irak, el Pentágono ha decidido el envío de 1.400 expertos para encontrar las armas de destrucción masiva que en su día justificaron la guerra y de las que sigue sin saberse nada. Por su parte, el primer ministro del Reino Unido, Tony Blair ha desmentido por «absurda» la acusación de que autorizó el maquillaje de un informe sobre la existencia de estas armas para dramatizar la situación, y ha subrayado que no tiene «ninguna duda de que finalmente se encontrarán». Periódicos europeos como «Le Monde» insistían estos días en que el paso del tiempo no les está dando la razón a los adalides de la guerra y sí a quienes defendieron conceder más tiempo a los inspectores de la ONU para llevar a cabo su labor. Un paisano diría: «Tarde piaches». Porque este lamento (o denuncia reivindicativa de una razón sacrificada) ya no puede cambiar las cosas, ni siquiera puede beneficiar a quienes argumentaron con mayor coherencia o apego a la verdad. Con gran desparpajo, el subsecretario de Defensa de EE.?UU., Paul Wolfowitz, admitió la pasada semana que la posesión de armas proscritas se eligió como justificación principal para la acción militar «por razones puramente burocráticas». «Fue el punto en el que todos pudimos ponernos de acuerdo», dijo. En estos momentos creer o no creer en esas armas parece una cuestión de fe. El ministro británico de Exteriores, Jack Straw, y el secretario de Estado de EE.?UU., Colin Powell, albergan serias dudas. El jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, está convencido de que dará con ellas. En una carta al director, un lector de «Le Nouvel Observateur» ironizaba que EE.?UU. ya había probado la existencia en Irak de un arma de destrucción masiva: Sadam. Su hoja de servicios bélicos lo acredita de sobra. La gran paradoja sería que, a la postre, ésta fuese la única verdad atestiguada al respecto. Mientras Bush se pasea por Europa en el carro de la victoria.