EL DETERIORO de nuestro sistema tributario es evidente. La equidad, un valor ignorado o de cotización a la baja. El odio impositivo roza ya cotas lamentables y crece la confusión social. Las plusvalías bursátiles e inmobiliarias, las rentas del capital, las actividades empresariales y profesionales, así como las mayores fortunas, reciben ya abundantes beneficios fiscales. Pero el proceso continúa y ahora toca a las herencias, pese a que las mismas explican en buena parte las desigualdades existentes. Vamos en dirección contraria a la civilización. En el modelo tributario renta , los acrecentamientos patrimoniales obtenidos vía mortis causa se gravan de igual forma que los ingresos procedentes de otras fuentes. La teoría insiste en que la imposición sobre la herencia no es un tributo sobre el capital, sino una parte de la imposición sobre la renta y por tanto debe impregnarse de su lógica interna. Después, el derecho positivo existente en los países desarrollados ofrece situaciones diversas y el impuesto funciona con independencia, incorporando además elementos ajenos a la capacidad de pago. Así, nuestro impuesto de sucesiones opera según la porción hereditaria, el grado de parentesco y el patrimonio preexistente, comportándose en general de forma más benigna que si ese acrecentamiento patrimonial se gravara en el impuesto sobre la renta. El sistema tributario alternativo al modelo renta -defendido en general por los partidos conservadores- es fruto de un debate realizado en los últimos treinta años y al parecer inspira, con mayor o menor intensidad, las reformas impositivas actuales. Este modelo se fundamenta teóricamente en la imposición sobre el gasto y se complementa con impuestos sobre la riqueza. El impuesto sobre el gasto personal (grava sólo la parte de la renta dedicada al consumo) es ahora la estrella, jugando la imposición sobre el patrimonio y sobre las herencias un papel de legitimadores sociales del sistema. En todo caso, las reformas fiscales llevadas a cabo en los distintos países todavía no crearon esa imposición personal sobre el gasto, pero sí reforzaron los tributos que gravan el consumo (IVA e impuestos especiales), manteniendo además una desigual e interesada imposición sobre la renta. El resultado final son diseños fiscales híbridos y sin referente teórico que afectan gravemente a la equidad tributaria. Anunciar ahora la desaparición del impuesto de sucesiones es en el fondo equiparar impuesto a robo y decir, como Robert Nozick (Anarchy, State and Utopia), que nada se puede redistribuir al margen de lo que la persona decida. Aunque nuestra Constitución defienda la justa distribución de los impuestos y la función social de la propiedad privada.