PREMIAR A un político en vida, en el ejercicio de su actividad, no tiene fácil presentación. Si es correligionario del otorgante, aún menos. Si acaso, si la aceptación popular es notable, rozando la unanimidad, podría considerarse una excepción a la regla. No es el caso de Francisco Álvarez Cascos, que con razón o sin ella se ha convertido para cientos de miles de gallegos en el paradigma de la débil, incapaz gestión de la crisis del Prestige. Sus servicios a Galicia, a partir de la catástrofe del petrolero, no son una concesión, que nunca lo son los del hombre público, sino una mínima compensación al error cometido. Esta medalla de Galicia tiene reverso, un reverso que los gallegos no estamos dispuestos a besar como la parte posterior de los sellos de Franco. Aquello podía resultar repugnante pero cuando menos era útil para que la correspondencia llegara a destino. Esto ni siquiera eso. Alguien tiene que explicar desde la Xunta por qué una ofensa tan poco entendible para miles y miles de gallegos, que ven que ponen al demo alas de ángel y además lo hacen con el presupuesto que nutrimos entre todos. Me anoto para participar en la financiación de la medalla de Galicia de desagravio que hay que empezar a conceder a alguien. Aunque quizá en este caso, sobrando una, no nos llegue con conceder solamente otra.