MUCHOS nos hemos ido convenciendo en los últimos años de que el conflicto de Oriente Próximo no tiene solución si Estados Unidos no acaban por implicarse en él, acreditando desear la paz con más intensidad que los propios judíos y palestinos. Por ello me ha regocijado ahora ver que esta idea cuenta con el respaldo de analistas políticos estadounidenses de primera fila como Thomas L. Friedman o Stephen Cohen y que incluso el presidente Bush parece en camino de convencerse de que es así. Es un buen síntoma en el desolador panorama de estos días. Sin embargo, la idea por sí misma no basta para movilizarse y encaminar el conflicto hacia su solución. El verdadero quid de la cuestión está en la existencia o no de una determinación política suficiente por parte de la Casa Blanca. ¿Está decidido el presidente Bush a emplearse a fondo con una diplomacia intensiva destinada a atajar los actuales males y encauzar el proceso? ¿O sólo quiere un elemento de distracción sobre el malestar que emana de la posguerra iraquí? Evidentemente, no es sólo Bush quien tiene que mover fichas en este tablero. El papel del Cuarteto (EE. UU., Unión Europea, Rusia y la ONU) es fundamental. Pero ni la UE, ni Rusia, ni la propia ONU tiene ese margen de acción que judíos y palestinos le otorgan a Washington, si de verdad apuesta por la paz, por unas fronteras seguras para Israel y por un Estado libre y democrático para los palestinos, sin tutelas vergonzantes. El primer escollo está a la vista. Como era de esperar, la Hoja de Ruta no cuenta con todas las bendiciones, y los fundamentalistas de Hamás y otros grupos radicales palestinos han decidido proseguir con los atentados brutales contra Israel, desatando así las sangrientas respuestas de Ariel Sharon. Es un serio contratiempo, y el primer ministro palestino, Abu Mazen, lo sabe e intenta frenar a los radicales. Pero el verdadero contratiempo sería que el presidente Bush se cansase de este engorroso y enconado problema y olvidase sus crecientes responsabilidades en la zona. Es lo que temen quienes califican su política de errática, veleidosa y tornadiza.