DOÑA PILAR del Castillo está embarcada en una meritoria política de mejorar la calidad del sistema educativo español, tan deteriorada en los últimos tiempos. Estos días se encuentra nuevamente expuesta a las iras y devociones del respetable debido a un proyecto de decreto que equipararía a efectos de cómputo la calificación de la materia de religión con otras materias menos resbaladizas, más objetivables o medibles. Dentro de una formación humanista integral es muy importante estudiar los fenómenos religiosos, parapsicológicos, míticos, etcétera, tanto desde el punto de vista metafísico como el estético e histórico. El objetivo principal debería ser evitar en lo posible la ignorancia y fanatismo en los que se basan el fundamentalismo religioso que tan nocivo resulta para la convivencia pacífica de las sociedades. Pero el problema es que la situación actual no supera cualquier criterio de calidad más o menos inspirado en la ISO 9000 pues presenta varias importantes no conformidades. La primera y no menos importante es que el promotor (el Ministerio), en lugar de definir unos contenidos informativos, científicos y neutrales para todos los alumnos, deja las manos libres al subcontratista para decidir lo que se enseña, cómo y cuándo, quiénes lo enseñan y para qué, (proselitismo confesional frente al ideal ilustrado y constitucional: información neutra para educar ciudadanos). Pero si el sistema es criticable tanto desde el punto de vista constitucional como técnico, va a resultar imposible cuando aumenten los subcontratistas, cada uno con sus propias exigencias. Musulmanes, judíos, budistas, animistas, mormones u otras confesiones cristianas también pretenderán acceder a las contratas en condiciones tan ventajosas. Y así lo único que estará asegurado es que no habrá aseguramiento de la calidad cívica posible, ni gobernable.