DIGAMOS algo de ella. Poner y llevar los cuernos son cosas que requieren discreción, grandes dosis de cautela y no pocas de disimulo. Son peripecias que apaciguan el alarde, y de las que se suele hablar con la boca pequeña y con la letra aún más diminuta. Son también condiciones de un cierto modo de vida que, cuando se conocen, acreditan la capacidad de poner al mal tiempo buena cara por parte de los encartados. La cornificación es un fenómeno extraño y, sin embargo, cotidiano y habitual. Tan cotidiano, tan habitual y tan extraño como el medio en el que se produce y que no es otro que el matrimonio bajo cualquiera de sus formas. Un medio que se expresa mediante una serie de engarces y enjuagues cuyo sentido escapa, en la mayoría de los casos, a cualquiera que, fuera de sus límites y alcances, se esfuerce en comprender sus normas de compromiso. Al igual que los enamorados tardan poco en desarrollar fórmulas y métodos para comunicarse en secreto, no cabe imaginar un matrimonio que no se haya dado un sistema para administrar las crueldades de lo inesperado. El pacto conyugal genera o puede generar insólitos mecanismos de supervivencia, y el dolor y la vergüenza pueden coincidir en una diversidad de puntos desde la que transformarse en materiales más resistentes a la traición que el amor. Gracias a semejante economía, el matrimonio es un experimento mucho menos interesante en su origen y planteamiento que en la gama de instintos que desarrolla. El amor aguanta mal las sevicias, pero el matrimonio las soporta todas. Probablemente porque el amor es una cuestión personal, y el matrimonio, una gama y dimensión de intereses, tanto más respetable cuanto mayor y más convincentes resulten la contundencia e impavidez con que se defiendan éstos. Hillary Clinton está dispuesta a demostrar hasta dónde se puede llegar con tan domésticos materiales. Y, según los arúspices del otro lado del Atlántico, ese punto no es otro que la Casa Blanca, para lo que ha demostrado algo tan importante como que sabe hacer frente al agravio con arrogancia y a la adversidad, con firmeza. Es, no obstante, tan femenina y humana como para admitir que estuvo a punto de estrangular a su cónyuge cuando supo por su boca lo de la otra chica. Claro que una reacción tan simple y natural allana poco el camino hacia el Despacho Oval. Eso también lo sabe, y para eso guarda los mismos pantalones con los que defendió en el Senado los argumentos más duros y agresivos (también los más falaces, por lo que ahora sabemos) de Donald Rumsfeld, secretario de Defensa. a favor de la intervención en Irak. Así que si alguien piensa que Hillary es una paloma, más vale que se ponga a seguir su vuelo como si fuera el de un halcón. El demócrata Kennedy hizo de la Casa Blanca un Camelot para las curvas de Marilyn Monroe. Clinton, menos católico y bastante más sórdido, convirtió la mesa de su despacho en una suerte de perrera. Hillary puede pensar en tal reducto como si fuera Isabel I de Inglaterra, aquella reina indomable y tan dueña de sí misma como para medir su virginidad por el grosor del cuello de sus amantes cuando llegaba el momento de rebanárselo.