TRAS el calor de unos días de sol, la niebla densa y opaca apenas me dejaba entrever la luz. Abrí entonces un informe económico que contenía un estudio comparativo del desarrollo de las regiones españolas. En términos generales todas habían crecido; pero en términos comparativos, las cosas eran de otra manera. Busqué mi tierra, comparé Galicia. El resultado -como la niebla- lo entristecía casi todo. La renta per cápita sigue siendo muy baja; el sector primario no progresaba adecuadamente, sus males estructurales permanecen intocables e intocados. Y una política europea de un desarrollo rural de maquillaje no logra ni puede ser el revulsivo necesario. Tampoco el paro mejora la media de las regiones desarrolladas, aunque la productividad aumenta en un sector industrial conducido por la mano de unas pocas iniciativas privadas que poco tienen que ver con las políticas públicas. Son esas las iniciativas que arrastran a Galicia hacia delante. En contraste, la economía subvencionada se clienteliza. El terciario no alcanza apenas el nivel de calidad necesario para competir y crecer en su conjunto. Y el cuaternario no logra retener nuestros más cualificados recursos humanos. Al final, Galicia sigue siendo una de las regiones menos desarrolladas de Europa. Un territorio que converge con lentitud, una región instalada en el objetivo uno, es decir, en el grupo de las que reciben más dinero europeo por ser las más atrasadas, lo cual no deja de ser una triste lotería, aunque a los que rigen los presupuestos públicos les alegre. Galicia crece en su capital físico, pero no en su capital humano paralelamente. Muchas infraestructuras pero escaso desarrollo. Una tenaza que aprisiona a tantas regiones europeas en desarrollo, porque sí sabemos ya que las infraestructuras son necesarias, no suficientes. Un triste cuadro económico. Podría haber otro, el de nuestras multinacionales, el de nuestras empresas competitivas, el de nuestros flujos de comercio internacional. pero en las cifras no compensa al otro. Todo ello nos debe llevar a reflexionar sobre la validez de una política regional que, siendo eficaz seguidora de los modelos tecnoburocráticos vigentes, no lo es tanto si a las realidades promovidas nos atenemos. Hay que repensar la Galicia que queremos, también desde un enfoque sostenible en el que el territorio no puede seguir siendo contemplado como un mero soporte pasivo de la actividad económica, porque tenemos un territorio que, adecuadamente gestionado, ha de alcanzar un elevado nivel de calidad. Un territorio aquejado por el feísmo y la insostenibilidad, un territorio impactado, agredido, insultado, mutilado. Un territorio que ha de ser percibido como un recurso y gestionado como un elemento constitutivo de nuestra identidad y que merece tanto respeto como cariño. Son ya demasiados años de vigencia de un modelo cuyos resultados no lo avalan como debieran y que también por eso debería ser revisado.