¿Adónde nos lleva Bush?

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

06 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

DESDE QUE Bush se nombró a sí mismo ángel custodio de la humanidad, es como si los truenos se hubiesen desatado y amenazasen con el colapso del universo entero. En menos de dos años transcurridos desde el atentado contra el World Trade Center de Nueva York ya tenemos en la sala de trofeos dos guerras sangrientas e interminables, la intifada más mortífera de la historia, y una serie de atentados que, tomando como base la autoinmolación del terrorista, sembraron de cadáveres las calles de Moscú, Casablanca, Tel Aviv, Riad, Qüeta y otra serie de ciudades casi desconocidas de Chechenia, Tayikistán, Irak, Afganistán, Bali, Argel, Colombia, Indonesia y Filipinas. Lejos de haber disminuido la violencia militar en el mundo, las invasiones de Afganistán e Irak están llamando a gritos por los conflictos de Siria e Irán, mientras África se desangra en mil conflictos tribales que se extienden por Liberia, Congo, Zambia, Uganda, Eritrea y un largo y angustioso etcétera. Claro que, a cambio de tanto dolor y tanta muerte, también es verdad que algunos van ganando, y que, lejos de reconocer que están poniendo el mundo al borde del abismo, siguen utilizando todos los medios a su alcance para imponer un discurso político que, sin más referentes que el terrorismo ni más matices que los que nos permiten distinguir a los nuestros de los otros y a los buenos de los malos, consiguen convencer a mucha gente de que no queda más remedio que atacar, que ahora estamos más seguros que antes, y que vamos a salir victoriosos frente a un enemigo escurridizo que parece invulnerable frente a los formidables ejércitos de los ricos. Por eso estamos viviendo un mundo de locura, en el que todos los líderes políticos confían su suerte a la huida hacia delante, a la legitimidad del montón, y a la enorme capacidad que tenemos los pueblos ricos para ignorar todo lo que nos molesta y digerir todo lo que nos conviene. Nuestro mundo se reduce cada vez más a los titulares de los espacios informativos, y esos titulares parecen cada vez más efímeros y más incapaces de distinguir entre el drama de Irak o el genocidio de Chechenia y las golfadas de Tamayo. Quizá por eso hemos desterrado de nuestras preocupaciones una violencia mundial que se retuerce en espiral sobre la Tierra, y de la que estamos siendo cómplices directos, mientras se fragua la impresión de que lo único que nos interesa es convertir a los países más ricos de Occidente en un castillo inexpugnable frente al hambre, al dolor, a la tiranía, a la injusticia y a la muerte. Y eso, en perspectiva histórica, es tanto como crear un paraíso para nosotros, mientras acumulamos una herencia infernal para los hijos.