Malos augurios

JOSÉ JAVALOYES

OPINIÓN

13 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

AL FANTASMA de Richard Nixon se le ha visto en este plenilunio merodear por la Casa Blanca, mientras el presidente George W. Bush se abría por africanas, en un periplo por cinco países que demoró la guerra de Irak. En la política norteamericana la mentira es pecado sin perdón y se la castiga sin piedad. Nixon pereció políticamente por mentir en el lío del Watergate; Bill Clinton, sin embargo, pudo escapar del cepo de su Garganta Profunda con el distingo sobre las no consumaciones. Pero a G. W. Bush, sin embargo, se lo ponen cada vez más difícil con lo de las informaciones no verdaderas sobre el armamento que Sadam tenía y sobre sus proyectos y preparativos para hacerse con la bomba atómica. El capotazo del director de la CIA, dando la cara por el presidente, puede, al cabo, tener tanto valor práctico como el distingo clintoniano en la cuestión de si es no es sexo el sexo oral; asunto que no tiene confusión posible con el debate bizantino sobre el sexo de los ángeles. Nada menos bizantino en la moral política de los EE. UU. que el cerco a que la Casa Blanca está siendo sometida. Si las causas aducidas contra el régimen iraquí no tenían soporte real -cuando había otras de gravedad suficiente para legitimar la injerencia humanitaria-, se cae por su base el propio argumento de que existía casus belli y, por ello mismo, razón para hacer la guerra. Hay un debate moral -ya más que norteamericano- sobre los soportes argumentales del conflicto, y otro debate analítico respecto a los niveles de chapuza en que incurrió el Pentágono al calcular el número de soldados para la campaña (El pensamiento militar estadounidense subestima el factor humano, y fía más en la capacidad de movimiento y en la potencia de fuego). Dos debates de mal augurio para la Casa Blanca, con el Irak revuelto desde Bagdad a Washington, y estancado el proceso de paz, con su Hoja de Ruta, en Palestina.