La conferencia de Londres

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

23 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

JUAN FERNANDO López Aguilar, secretario de Libertades Públicas del PSOE, estuvo en la Conferencia Progresista convocada por Tony Blair, de la que regresó diciendo que «hay una nueva derecha, y esa nueva derecha necesita una nueva izquierda». Todo un talento; no se le despista una a este secretario. Pasqual Maragall también estuvo en la mencionada conferencia, junto con Joaquín Almunia y Javier Solana. Éstos son muy otra cosa. Así, Almunia resumió lo tratado en la conferencia señalando la necesidad de unas «políticas que sean capaces de alcanzar a la vez objetivos de eficacia social y de eficiencia económica». Maragall criticó, por su parte, la inclinación tradicional de la izquierda a «dar mucha importancia a los valores, sin traducirlos de manera efectiva en políticas activas». Y Javier Solana habló de un multilateralismo con capacidad para utilizar la fuerza contra quien se salte las reglas. Sin entrar en el significado de que Maragall, Almunia y Solana se enteraran más y mejor que López Aguilar de lo que iba la cosa, creo que merece bastante la pena subrayar el esfuerzo realizado en Londres para renovar un pensamiento -«progresista» o como se le quiera llamar- a la búsqueda de unos programas más persuasivos, unas políticas más eficientes y unas gestiones de rentabilidad más dilatada y extensa. Y a todo eso se refirieron, de un modo más concreto los presidentes Lagos, de Chile, y Lula, de Brasil. Ambos centraron sus intervenciones en la necesidad de controlar las fuerzas del mercado en favor de un modo de comunicación y comercio entre las naciones que facilite la equidad y haga difícil la injusticia e, incluso, en la medida de lo posible, premie aquella y castigue esta. Tal puede ser el punto de partida para que las cosas no vayan a peor. También puede encontrarse ahí la ciencia -bastante necesitada de imaginación- para que las directrices del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional no se traduzcan en normas de cumplimiento obligado y doloroso allí donde podrían aplicarse con una flexibilidad tan generosa como inédita. Lagos habló de que «cien millones es mucho dinero y se puede hacer algo más que destinarlo a ayudar a las vacas de Europa». Se refería a que ese subsidio europeo está muy por encima de lo que gana el granjero medio de un país pobre, y esa injusticia se añade a la imposibilidad de que la producción agropecuaria verdaderamente importante del pobre atraviese el susceptible proteccionismo europeo. Las transacciones europeas en ese terreno compran al país pobre lo que este vende más barato, pero las leyes comunitarias impiden la entrada de aquella producción cuya venta le sería más rentable. Dicho de otro modo: al pobre no se le permite acceder al juego de la oferta y la demanda en el terreno donde la competitividad le resultaría ventajosa. Se le deja jugar, pero con una mano atada a la espalda, y las piernas, entre sí. Con lo que el pobre no sale de pobre. Y de lo que se trata es de que salga.