VISTO EL poder que tiene la ONU, su capacidad para evitar los conflictos y la autoridad que despliega frente a los poderosos, no me parece una mala idea que Aznar se vaya para Nueva York y ocupe el despacho de Kofi Annan. Inconvenientes para esa maniobra ni siquiera se me ocurren, mientras que las ventajas que podríamos tener me salen a borbotones. Porque, sobre el gran regalo que sería para la Unión Europea el tenerlo lejos y entretenido, y sobre el hecho de librarnos a los españoles de ese discurso ramplón y demagógico que tanto le gusta a la parroquia del centroderecha, nos daría a todo el mundo la capacidad de visualizar los males que afectan a la política internacional, y hasta que punto es cierto que, como decía David Hed, la Casa Blanca confunde la ONU con el Departamento de Estado. Para empezar, el George W. Bush más genuino, el que está en guerra contra todos para librarnos de las armas de destrucción masiva y del uranio que Sadam Huseín enriquecía -¡con Avecrem!- en el microondas de su palacio, parece dispuesto a formular una propuesta unilateral que está destinada a cabrear a todo el mundo, a humillar a Europa y obnubilar a la China, y a dejar muy claro que hace lo que le da la gana y que no necesita permiso de nadie para tener ocurrencias desafortunadas y llevarlas a la práctica. La segunda ventaja es que, después de la gestión independiente y esperanzadora desarrollada por Kofi Annan, todo el mundo debe saber que el mayor mérito que existe para progresar en la nueva política internacional es actuar al servicio de los americanos, confundir la civilización cristiana con los discursos y los dogmas de Bush, y llegar a la conclusión de que sólo las armas pueden llevar al mundo a una síntesis ética y política cimentada sobre el valor referencial de la cultura occidental. La tercera ventaja es que vamos a tener un secretario general de la ONU que no habla inglés -¡por fin!-, y que, gracias a la personalidad arrolladora de Aznar, podemos convertir el castellano en el idioma franco de la política internacional. Si me lo dicen hace un par de años, nunca me lo hubiese creído. Pero ahora, con la triste experiencia de los últimos años, me libraré mucho de tomarme a guasa las propuestas de Bush, de medir a los políticos con criterios de uso corriente, y de preguntarme a dónde vamos por este camino. Y sólo pido a Dios que, si Aznar se va a la Secretaría General de la ONU, se quede allí hasta su jubilación. Porque sería terrible que se cansase de su gentil traductora y regresase a España. Porque no tendríamos más remedio que convertirlo en el primer presidente de la III República. Y eso, incluso para Aznar, es demasiado.