El presidente Bush se embarulla

OPINIÓN

03 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

¿QUIÉN HABLÓ de armas de destrucción masiva en Irak? Un grupo de élite del Pentágono, formado por 1.400 expertos, las está buscando desesperadamente, pero ya nadie garantiza que existan, porque ¿quién habló en serio de ellas en el pasado? El desvergonzado Paul Wolfowitz, subsecretario de Defensa de EE.?UU., fue el primero en admitir que el argumento de la existencia de esas armas se utilizó con el fin inmediato de convencer a los miembros del Consejo de Seguridad y conseguir su apoyo. Una vez fallido este propósito, ¿para qué seguir dando la matraca con tal concepto? Wolfowitz no se había dado cuenta de que Donald Rumsfeld, el jefe del Pentágono, sí que se había creído todas las patrañas sobre su existencia y había comprometido su palabra (e incluso su acreditada fama de recio halcón) en el noble fin de descubrirlas y presentarlas ante la comunidad internacional. El problema que tiene ahora es que las muy condenadas se resisten a aparecer. Mientras tanto, en la Casa Blanca ya no desean oír hablar de este asunto. ¡Qué más da a estas alturas si había o no había armas de destrucción masiva! El verdadero problema ahora es cómo no morir de éxito tras una guerra ganada con tanta rapidez. Es decir, cómo salir bien librado de una posguerra inimaginable cuando sólo preveían para sus tropas el aplauso unánime de un pueblo hasta entonces sojuzgado. Por esto decae la popularidad del presidente Bush: no porque siga equivocándose, sino porque ya no se equivoca con la firmeza de antes, cuando era el paladín de la Defensa Global de EE.?UU. y tenía sólo esta idea en la cabeza. Ahora duda, rectifica, se corrige, enmienda sus discursos anteriores, habla de un futuro que nunca describe y, para colmo, ya no promete un paraíso planetario. Quizá se le está olvidando que hay algo que su pueblo no perdona hoy y es la falta de claridad y firmeza en los asuntos de seguridad. Son ya muchos los votantes que se preguntan si su país corre menos peligro después de meterse en el avispero iraquí o si, por el contrario, los riesgos crecen. La respuesta de Bush es siempre un discurso nuevo, pero cada vez menos creíble. Éste es su problema.