Carolina Marín anuncia su retirada del bádminton
EL ALTO veraniego de este año preludia un final de etapa. La convocatoria anunciada de elecciones generales unida a la reiterada manifestación de Aznar de no presentarse a ellas lo confirma. Ocasión habrá para el balance pormenorizado de su gestión. Ahora bastará con pronunciarse sobre lo que ha podido significar en nuestra reciente historia, desarrollada bajo la Constitución de 1978. Esa aproximación explica el título de estas líneas, intencionadamente deudor del célebre artículo de Ortega y Gasset, El error Berenguer, publicado hace casi 73 años. Ni las circunstancias son las mismas ni los personajes, comparables. Vale, sin embargo, como afortunado contraste. Para el ilustre filósofo y preclaro periodista lo determinante no eran los errores del Gobierno Berenguer, ni tampoco sus aciertos. El error era Berenguer, como solución para volver a la normalidad después de la dictadura de Primo de Rivera. Una ficción. Ortega concluía con su no menos famosa sentencia «delenda est Monarchia», a lo que más tarde seguiría el «no es eso, no es eso». La antítesis de la situación descrita con la actual es palmaria. La monarquía es hoy la forma política del Estado de la Constitución, cuyos veinticinco años celebraremos en este 2003. Con ella ha habido una real vuelta a la normalidad, certificada por el consenso y la concordia con que se redactó. Antes de su aprobación, en el delicado período de la transición, la Corona aportó el acierto Suárez , que no dejó de sorprender y que abrió el camino para unas auténticas elecciones generales. No fue el único. Desde otra perspectiva, podría hablarse del acierto González, protagonizado por quienes en Suresnes optaron por un joven representante del socialismo del interior. Si en el primer caso, con la idea de centro democrático, se procuró superar por la vía de la convivencia lo que había sido confrontación bélica, en el segundo se fortaleció el propio sistema constitucional. Después de otro intento fallido, la designación de Aznar como líder del Partido Popular ha sido, en sí mismo, otro acierto. Ha contribuido a la consolidación de un partido de ámbito estatal que ha hecho real la alternancia en el poder, esencial en un sistema político que se caracteriza por el pluralismo. La consistencia actual del partido en el Gobierno se forjó primero en la oposición, en la que también su presidente se ha curtido parlamentariamente. Su relevante aportación ha sido hacer verosímil aquella alternancia. Primero manteniendo el suelo de elección en elección. Después, elevando el techo que parecía inalcanzable. Esa fortaleza es un dato, sin valorar la calidad de la disciplina que refleja, ni sus fundamentos, ni motivaciones. Más sobresaliente si se considerasen las asimetrías internas que pudieran detectarse por diferentes razones. Se beneficia, sin duda, del podertropismo, de esa facultad maravillosa que suma los intereses a las convicciones -o incluso al revés-. También de los aciertos de la acción de gobierno y de desatinos de los opositores. Pero, volviendo a Ortega, son los errores del propio Gobierno los que ponen en evidencia aquella consistencia del partido que lo soporta. Recientemente ha podido comprobarse casi empíricamente. El decretazo, el Prestige, la guerra de Irak, suscitaron una amplia reacción en contra de la actuación del Gobierno en el poder. Las elecciones autonómicas y municipales han constituido un test de la resistencia del Partido Popular. Se ventilaba una cosa principal: si aguantaba o se desfondaba. El planteamiento, implícito en la opinión pública, fue explicitado por el presidente Aznar al configurar las elecciones prácticamente como generales e, incluso, casi como un plebiscito. Por encima del candidato local, parecía que se votaba al Partido Popular y a su presidente. Con el final del verano se entrará en una larga recta final hacia las urnas. Los electores juzgarán de lo hecho y de lo no hecho y de cómo se ha hecho, que de todo hay. Pero los aciertos y errores no impiden hablar, con alguna perspectiva, del acierto Aznar como un eslabón de la normalidad constitucional.