ESTAMOS atrapados. Todos. Los países que tenemos desplegadas tropas sobre el terreno y toda la comunidad internacional. El sanguinario atentado de Bagdad contra la sede de Naciones Unidas y la bomba de Jerusalén que costó la vida a 20 israelíes, entre ellos 6 niños, exige no sólo una condena radical, sino también la apertura de una reflexión seria y serena para buscar salidas a una situación imposible. Así no podemos seguir, y lo ocurrido prueba el fiasco de la disparatada estrategia de los neoconservadores de la Administración Bush en relación con la política a seguir en toda la región de Oriente Próximo y Medio. Washington no puede dictar unas salidas simples y por la fuerza a unos problemas que son de una complejidad extrema, enquistados desde hace décadas y que requieren moderación, diálogo e inteligencia. Si el equipo de Bush no cambia y modula su visión de la región y del problema iraquí, nos encontraremos, además, con el agravamiento de la situación en Afganistán, en Palestina y, posiblemente, con unas crisis abiertas con Siria e Irán. En Irak no es imposible una vietnamización del conflicto y falta por saber si en Washington se dejan influir más por el sentido común, o, como se ha escrito, por el «perfume del petróleo». En Palestina, nadie comprende que, cuando nos encontrábamos en plena tregua de tres meses de Hamás y Yihad Islámica, el gobierno de Sharon decidiese asesinar hace una semana a un líder de Yihad. A partir de tal circunstancia, la espiral de violencia y la venganza resultaban previsibles. Sharon rompió los acuerdos de Oslo y la «Hoja de Ruta» pretende iniciar la paz desde una posición de ventaja. Un conflicto entre palestinos, la dimisión de Abu Mazen o la simple represión israelí reaparecen en el horizonte. Un callejón sin salida. La muerte del capitán de navío Manuel Martín-Oar, primera víctima española en Irak, ha sacudido a nuestra sociedad. Y el mejor y merecido homenaje que podemos prestarle a él, a su familia y a sus compañeros de las Fuerzas Armadas, consiste en evitar que su desaparición resulte inútil. José María Aznar ha pedido que todos estemos a la altura de la situación. Comenzando por el Gobierno de la nación, digo yo. Cabe pedir que se actúe en varias direcciones. Por una parte, la aprobación de una nueva resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que permita recuperar el consenso real de la comunidad internacional. El envío de cascos azules, preferentemente de países que no participaron en la guerra. Y, además, la constitución de un gobierno provisional realmente representativo en Bagdad y la aprobación de un calendario de salida del país de las tropas extranjeras.