HAY UN CAMBIO sobrevenido en los tres principales escenarios del problema de Irak. Sobre el terreno, la inversión en el balance de bajas angloamericanas, entre las cuentas de la guerra y las de la posguerra, mayores éstas que aquéllas, desde la semana pasada; en el plano político interno angloamericano, con los costes derivados de lo anterior para el presidente Bush y para Blair, el primer ministro británico. Y, finalmente, en las cancillerías, el enconamiento de los disensos en el Consejo de Seguridad sobre las gestión de los problemas de la posguerra. El atentado terrorista de Nayaf contra la mayoría islámica del chiísmo, al igual que el ataque contra la delegación de la ONU en Bagdad, sumados a los sabotajes económicos y a la erosión de la guerrilla contra las tropas ocupantes, componen un síndrome de la incapacidad de EE.?UU. para conducir en solitario -hecha la salvedad de las asistencias militares laterales, como la de España- el camino a la normalización del país. Francia y Rusia vuelven a desenvainar sus discrepancias. La internacionalización global de las asistencias para ahormar Irak en el orden y la democracia, sólo viable a través de la ONU, demanda la internacionalización de los esfuerzos, también por medio de la ONU. Ésta no puede ser el asistente universal de los particulares criterios e intereses de Washington. Descartado por el Pentágono el envío de más soldados propios, la gestión de la posguerra de Irak sólo parece viable con el concurso de todos, y con la participación -vía ONU- de todos en la toma de decisiones. El atentado de Nayaf ha decapitado el chiísmo con la muerte de Al Hakim. Hay una situación regional peor, como demuestra el involucionado proceso de Palestina. Sobre el problema de Israel refluye el nuevo escenario de Irak. Todo está, ciertamente, más complicado. Esto nuevo es peor.