EL ALCALDE de Íscar (Valladolid) ha sido corneado. Quizá sea la primera vez que se pueda decir en un caso así que la culpa no la ha tenido la oposición ni un periodista. El cuerno ha sido de toro, en un encierro. Dicho con todos los respetos, el señor alcalde vallisoletano es uno de los innumerables bárbaros españoles que gustan no sólo de contemplar sino de protagonizar unos espectáculos que denigran a la sociedad de este país. Que cuestionan la sensibilidad e incluso el sentido que tienen de sus obligaciones las autoridades. Cuando llega San Fermín, recibimos puntual información de todas cuantas heridas y aún lesiones se han producido, allí donde esta fiesta animal proporciona unos beneficios de muchos miles de euros. Después, casi el silencio. Supongo que Europa adelante habrá alguna asociación de defensa de los animales que llevará la cuenta de las víctimas de la barbarie. Escucho en una televisión, comentando el suceso del alcalde, que la semana anterior ha habido dos muertos en otros encierros en pueblos de España. Días atrás sabíamos también que incluso un niño había sido empitonado en uno de estos espectáculos. En algunas comunidades del centro y el Mediterráneo se celebran no menos de dos mil encierros anuales, dos mil ocasiones en que se ponen en peligro innumerables vidas estúpidamente. Me temo que hasta que no lleguen directivas europeas que obliguen a los políticos a resolver este asunto, seguiremos teniendo encierros y toda clase de brutalidades con toros de pitones embolados con fuego y lindezas por el estilo. Las campañas que se han hecho contra estas salvajadas apenas han tenido eco. No hace demasiado tiempo, unos despelotados intentaron protestar en San Fermín, y los agentes de la autoridad se lo impidieron porque no estaban autorizados. Se prohibía la sensatez y se autorizaba la barbarie. Quizá sea España el único país civilizado en el que algunos alcaldes, en lugar de luchar contra las fiestas brutales, participan en ellas.