Guerra y el gaviotón

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

03 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

LO INQUIETANTE habría sido que le gustara a Alfonso Guerra. Eso sí que nos habría puesto los pelos de punta a todos. No hay que tener, por otro lado, mucha tendencia a la ficción realista para imaginar unas declaraciones de Alfonso Guerra en el siguiente sentido: «He llamado a los periodistas para decirles que me acabo de enterar de lo de Rajoy y estoy -me resulta imposible evitar el ripio del poeta- que no quepo en mi de gozo. Han de saber que yo y Rajoy llevamos veinte años, se dice pronto, oyendo juntos a Mahler. Y cuando Mahler no puede venir a tocarnos algo en vivo, pues pasamos el rato leyendo a Cavafis y a Pessoa. Yo leo a Cavafis con acento demótico y Rajoy lee a Pessoa con un cierto acento meco que me encanta. Luego nos quedamos un rato pensando en nuestras cosas mientras Rajoy se fuma un puro y yo me chupo el dedo, porque yo con Rajoy vuelvo a mi infancia. Es el hombre que necesita el partido de la gaviota. Yo lo he dicho siempre, Rajoy es un auténtico gaviotón. Vuela suntuoso sobre las cosas y sabe escudriñar todo desde la altura en la que se da a la caza alcance. ¡Qué digo un gaviotón! ¡Un águila! Quiten ustedes lo de gaviotón y pongan lo de águila. No por él, sino por mí. Ya saben lo que me gustan los matices, los detalles. Y añadan que le he ofrecido mis servicios para lo que haya de menester, aunque no, desde luego y por supuesto, para figurar -cosa que considero incompatible con mi condición de intelectual- sino para prepararle los platos en la cocina. Ya saben: lo mismo que hacía para Felipe González, aunque a González acabaran gustándole más los preparados por Julio Feo». Un comentario así por parte de Alfonso Guerra habría aclarado la razón por la que el sevillano no termina de alejarse de la política y emprende aquel camino del que siempre nos dio noticias, en pos de la vida tranquila de librero y poeta en el entorno más natural de las cosas. Unas declaraciones con un sesgo semejante nos habrían puesto a todos sobre aviso del regreso más de bruces a la arena política de una de las inteligencias más puntiagudas, si no más penetrantes, de la España de hoy, de ayer y de mañana. Un retorno de tal índole significaría un punto de calor en las campañas que se acumulan en el horizonte, puestas en orden por Guerra y administradas por todo un experto como él en las tensiones sin acritud. Tendríamos así de nuevo entre nosotros al hombre que introdujo la trenka en España (según le aseguró a Miguel Fernández-Braso), al intelectual que diseñó la barba de oreja a oreja y el flequillo sin raya en medio, al pensador que aseguró que Adolfo Suárez era un «tahúr del Mississipi dispuesto a entrar en las Cortes a lomos del caballo de Espartero». Un hombre, en fin, de los que dejan un rastro indeleble tras sus pasos. Toda una huella, como la del indígena que tanto sorprendió a Robinson Crusoe. Un hombre llamado Viernes, o Miércoles, depende del traductor, aunque da igual. Alfonso Guerra es para todos los días de la semana, porque no hay día que le venga a trasmano.