SABÍAMOS QUE aquel infame atentado iba a marcar un antes y un después. Y así ha sido. Sabíamos que Estados Unidos, herido en su honor, reaccionaría con furia. Y tampoco nos equivocamos. Sabíamos, también, que sobre los rescoldos de la Zona Cero no se iba a levantar el mundo mejor , con el que soñaban George Bush y Donald Rumsfeld. Y, lamentablemente, tampoco erramos. Dos años después del delirante atentado del 11-S no existen razones para el optimismo. Todo lo contrario. El terrorismo sigue siendo una realidad. Convencidos estamos de que volverá a golpear en cualquier momento. De hecho lo ha venido haciendo desde entonces. Y los remedios que se han puesto, a lo visto, no han dado resultado. El 11-S ha sido la disculpa para arrasar dos países y amenazar de invasión a media docena más. Ha sido el pretexto que la gran potencia norteamericana precisaba para descargar su conciencia y demostrar su supremacía. Ganaron las batallas en Irak y Afganistán, pero no la guerra contra el terrorismo. Los espectaculares triunfos bélicos no resolvieron el problema. El error ha sido plantear la discusión en términos de civilización contra violencia. Sin hablar de desigualdades, de solidaridad, de culturas, de hambre y de armamentos. Sin querer enterarnos que la desesperación genera cólera y alimenta la violencia. Y hemos pagado la sinrazón de la barbarie con más barbarie. Cuando la respuesta pudo haber sido apaciguadora. Y los resultados, más eficaces. Dos años después estamos como estábamos. O quizás, peor. Se ha perdido la guerra global contra el terrorismo. Seguimos luchando contra un enemigo escurridizo. Incapaces de restablecer el orden. Y echando la vista atrás para analizar lo realizado, el balance no sólo es preocupante. Es delirante. Por disparatado.