NO PODÍA ser de otra manera. Los desgarros políticos están resultando muy profundos con el factor añadido de una desaceleración económica que puede convertirse en una recesión técnica en algunas de las economías más potentes del mundo, como es el caso de Francia y Alemania. Tras el cataclismo provocado por la política exterior de la Administración Bush durante los dos últimos años, asistimos, poco a poco, a los primeros intentos para recomponer las piezas del puzzle político e institucional y evitar que el vínculo transatlántico sufra un deterioro mayor. La evolución del conflicto israelo-palestino es muy preocupante y la amenaza de Ariel Sharon de asesinar a Arafat -posibilidad barajada en varias ocasiones-, ha encendido todas las alarmas. Colin Powell libra sus batallas definitivas contra los halcones del Pentágono. Dentro de dos meses comienza la carrera electoral hacia la Casa Blanca, y, a pesar de la debilidad de los demócratas, el fantasma de lo ocurrido con su padre -George Bush ganó la guerra del Golfo y perdió la presidencia frente a Bill Clinton-, persigue al actual presidente. La situación económica no es buena y los sondeos ponen de relieve que el apoyo a George W. Bush desciende. En este contexto debemos situar la cumbre entre los gobiernos de Jacques Chirac y Gerhard Schröder. De nuevo, el eje franco-alemán toma la iniciativa sobre los restos humeantes de la división entre la vieja y la nueva Europa. Ayer, por segunda vez en la historia, ambos países celebraron un consejo de ministros conjunto con una agenda que pretende relanzar la actividad económica. Un plan de inversiones que refuerce la política industrial común y la aplicación flexible del pacto de estabilidad constituyen los dos grandes objetivos fijados. Para ambos países es prioritario estimular el crecimiento antes que controlar el déficit. Además, en la agenda política, se pretende consagrar los acuerdos de la Convención en relación con la Constitución Europea, y definir la base de negociación con Washington sobre la crisis de Irak. En todas las cuestiones, España está fuera de juego. El problema no reside sólo en que Aznar no asista a la reunión de mañana, a pesar de que somos miembros del Consejo de Seguridad y tenemos tropas desplegadas sobre el terreno. Lo grave es que España, nuestro Gobierno, comienza a pagar las consecuencias de la política proamericana de Aznar. Lo que fue peor recibido en París y Berlín se refiere a una frase de Aznar en la que afirmaba, recientemente, que en «Europa algunos se regocijan porque las cosas van mal para los americanos y festejan sus errores». Aznar olvida que lo que hace y dice en España contra la oposición, resulta inaceptable en Europa. Y lo pagaremos.