UN PAÍS tan serio como el nuestro jamás debería escudarse en los eufemismos que utilizaron los políticos de la transición para meternos en el rincón de la historia y sacar a España del insigne club de las grandes potencias. Por eso me parece urgente el cambio de nombre del Ministerio de Defensa, para volver a la tradicional denominación de Ministerio de la Guerra, la misma que teníamos durante la gloriosa campaña de Marruecos, y la misma que la retórica franquista convirtió en aquel engolado conjunto de los ministerios de Tierra, Mar y Aire. Cuando un ministro de Defensa participa en misiones ofensivas, e invoca la autoridad de la comunidad internacional para legitimar la ilegal aventura del trío de las Azores, resulta imposible evitar las confusiones. Y por eso existe un serio peligro de que, tocados por el complejo de segundones creado por el felipismo y jaleado por Zapatero, muchos españoles acaben haciendo ironías con las dos conclusiones más sólidas del refranero: que quien mal anda mal acaba, y que siempre se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Dice la historia que Federico Trillo se fue a Irak con la importante misión de aleccionar a las tropas españolas que, al mando de un general polaco, y en estrecha colaboración con cuatro compañías centroamericanas, están apoyando el imperialismo de Bush. También dice esa historia que, cuando aún resuenan los ecos de las durísimas condenas pronunciadas por Kofi Annan y Chirac contra la guerra preventiva, nuestro valiente ministro volvió a arrogarse la legitimidad de la ONU para calificar de operación humanitaria lo que no pasa de ser una invasión ilegal, dando a entender que la prioridad de nuestros soldados consiste en hacer escuelas y darle el biberón a los huérfanos, en vez de asegurar las exportaciones de petróleo bajo control americano. Por eso me parece normal que el pobre Trillo se hiciese un cacao de nombres y patrias y, encendido de ese ardor guerrero que vibra en sus voces, acabase gritando un entusiasta «¡Viva Honduras!» ante los atónitos soldados salvadoreños. La gente se ríe mucho. Pero yo empiezo a pensar que este babel de pueblos y patrias abre un camino hacia la reconciliación. Y por eso le estoy dando vueltas a la posibilidad de usar la fórmula Trillo para enfrentar el problema de Euskadi. ¿Que cómo se hace? Pues imagínense ustedes que, cada vez que Arzalluz clama por la independencia perdida, llega Mayor Oreja y, en vez de insistir en que Ibarretxe es el albacea de ETA, se arranca con un patriótico «¡Viva Honduras!». Tal como están las cosas, sería un gran avance en la racionalización del problema. Aunque así, a primera vista, parezca lo contrario.