MUCHO ha cambiado la situación de la mujer española en los últimos veinticinco años. No sólo a efectos jurídicos hemos ganado el reconocimiento de la igualdad en derechos y obligaciones, sino que hemos conseguido controlar la naturaleza que reducía nuestras posibilidades de competir en el terreno laboral y, en otros muchos, en condiciones equiparables a los hombres.  La publicación de los resultados sobre la utilización de anticonceptivos en este país nos permite reflexionar, no sólo sobre la importancia que han tenido y tienen para el control de la natalidad, sino sobre la influencia que han ejercido y ejercen en la libertad de acción y elección que tenemos las mujeres gracias a ellos. A diferencia, no ya de nuestras madres, que fueron, en algunos casos, pioneras en el uso de la píldora, pero sí de nuestras abuelas, las mujeres de hoy en día podemos elegir en casi todas las facetas de nuestra vida. Así, al tener acceso a la educación en condiciones de igualdad, podemos optar, al menos en teoría, a cualquier puesto de trabajo sin discriminación por razón de sexo. Podemos elegir si queremos tener hijos, cuándo y cuántos, lo que nos permite desarrollar nuestra vida laboral sin trabas derivadas de nuestra responsabilidad familiar. Asimismo, y no por ello menos importante, podemos disfrutar de nuestra vida sexual con responsabilidad pero sin temor a las consecuencias que pueda tener, tanto de carácter sanitario como personal. Esta posibilidad de elección que se ha bautizado erróneamente como «liberación de la mujer», aunque todavía moleste a muchos, es la materialización de lo que nos corresponde, por el simple hecho de nacer. Pero no debemos equivocarnos. Los anticonceptivos no son sólo cosa de las mujeres, aunque, indudablemente, los beneficios más visibles sean para nosotras. Los anticonceptivos son cosa de dos, y por ende, de toda la sociedad, porque lo que nos beneficia a las mujeres también beneficia a los hombres. Y es en ese camino en el que debemos avanzar juntos. Pienso que muchas personas mayores impedidas han visto en Juan Pablo II un ejemplo a seguir. Todos hemos apreciado -ojalá sea por mucho tiempo- cómo el Papa saca fuerzas de donde no las hay. No le importa al Papa que sus piernas no le respondan; la tecnología suple en estos casos. No le preocupa que su mano tiemble por el parkinson. Muchos mayores que estaban en sus casas sin salir a las calles por su falta de movilidad han visto cómo Juan Pablo II le ha echado coraje a la vida y sale viaje tras viaje. Ellos le han imitado y pidieron salir a dar un paseo por las calles y plazas de nuestras ciudades. Muchas veces me dan ganas de acercarme a ellos y darles la enhorabuena. Como Juan Pablo II es el obispo de Roma, cada domingo visitaba una parroquia diferente; últimamente, por su estado de salud, ha sugerido que algunos representantes de las parroquias lo vengan a ver al Vaticano. El reto suyo es no parar hasta el último aliento. Alguien que le vio muy desmejorado al caminar se lo manifestó y su respuesta fue: «El Vaticano no se dirige con los pies sino con la cabeza». Fernando M. Rodríguez. A Coruña. Me pregunto si alguien en este país reflexiona sobre los contenidos de la programación televisiva. ¡Por lo que se ve, muy poca gente! La mayoría se limita a tragar sin más. A nadie se le ocurre tener el televisor apagado hasta que emitan algo decente. Un medio audivisual como este pienso que tiene el deber moral y ético de difundir la cultura. Pero estamos ante todo lo contrario. ¿Qué se está fomentando? La violencia, el mal vocabulario, el vouyerismo, el cotilleo, el dolce far niente o buena vida y un triste etcétera. ¿Se acuerdan de programas como El hombre y la Tierra del desaparecido Félix Rodríguez de la Fuente? ¿Qué ha sido de aquellos programas? La audiencia necesita urgentemente que la programación en un noventa por ciento sea de índole cultural. Documentales, programas concurso que premien la sapiencia personal. Programas de debate, charlas coloquio sobre temas que preocupen a la sociedad en muchos de los cuales existen una total desinformación, dibujos animados con trasfondo infantil. ¡Shin Chan no es el ejemplo más apropiado! En definitiva, necesitamos estar informados y saber un poco más de las cosas. Salvo los telediarios y honrosas excepciones, puedes hacer el zapping que quieras. A Coruña.