LOS ARGUMENTOS utilizados por el embajador israelí en las Naciones Unidas para justificar el injustificable bombardeo al campamento de refugiados palestinos en Siria son una copia literal de los empleados por George Bush para convencer a la opinión pública sobre la legalidad y moralidad de la invasión de Irak. El embajador ha hecho suya la excusa de que «todo vale para acabar con los terroristas», incluyendo la violación del territorio de un Estado soberano. Y eso a pesar de que el principio de la inviolabilidad del territorio es, desde hace muchos años, uno de los pilares fundamentales del Derecho Internacional Público, porque garantiza que ningún país pueda traspasar impunemente las fronteras de otro. Desgraciadamente, el lamentable precedente sentado por Bush al invadir Irak sin el consenso internacional ha abierto la puerta a Israel para explicar, con total frialdad y sin ningún lamento, el bombardeo en represalia por el último atentado en Haifa. Si una persona es sospechosa de haber cometido un crimen, debe ser investigada y llevada ante los tribunales, con pruebas legalmente obtenidas, para permitir que se desarrolle un juicio justo. Si, por algún motivo, ese presunto criminal es ciudadano de otro país, debe solicitarse su apresamiento a través del procedimiento de extradición. Puede que este sistema le parezca lento y poco fiable a Israel, pero es el único válido y aceptable según el ordenamiento jurídico internacional. Cualquier otra forma de persecución, como el bombardeo de Siria, supone, en el mejor de los casos, un acto de venganza y, en el peor, un acto de guerra. El refrendo de Estados Unidos y la ausencia de reacción efectiva de la comunidad internacional ha permitido que Israel haya perdido el respeto por las leyes internacionales y por sus vecinos. Era de esperar el veto de Estados Unidos a cualquier condena a la actuación de Israel ya que lo contrario supondría el reconocimiento implícito de la ilegalidad del ataque a Irak. Sin embargo, Washington debe plantearse si puede arriesgarse a ofender aún más a sus aliados árabes y, sobre todo, si puede reconocer de esta forma su incapacidad para controlar a su principal baluarte en la zona. Con un poco de suerte todo quedará en un desagradable incidente diplomático; si no, puede ser el inicio de un agravamiento del conflicto palestino, en el triste aniversario de la guerra del Yom Kipur de 1973.