Ventura

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

17 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

A VENTURA Pérez Mariño no le gustan los desafíos. Ni las provocaciones. Ni tampoco las bravatas. Lo demostró en su época de diputado dando un portazo cuando la corrupción y los GAL teñían de negro la vida del país. Ya como alcalde de Vigo, se rebeló ante el pulso que el Celta le planteó, a propósito de una alocada operación inmobiliaria. Y ha vuelto a hacerlo, rompiendo el pacto de gobierno que el PSdeG- PSOE mantenía con los nacionalistas del BNG, por la elección del gerente de urbanismo. Una vez más, el cemento y el ladrillo. No es el magistrado Pérez Mariño un político al uso. No es de esos que aceptan sumisión en aras de continuidad. Y eso le está valiendo críticas de intransigente, autoritario y déspota. Probablemente injustas. Porque lo que el alcalde vigués ha hecho, con su última decisión, no es más que poner las cosas en su sitio. Colocar fuera del gobierno municipal a quienes intentaron imponerse por la amenaza. El alcalde vigués ha resumido en una sola frase todo lo acontecido. «Me siento liberado». Sólo tres palabras dan idea de cuáles eran ya las relaciones entre socialistas y nacionalistas. Palabras, por otro lado, que resumen lo que el propio alcalde y su grupo reconocían en privado, sin ningún recato. Ventura, a quien creo que no le gusta el fútbol, ha seguido el principio de Helenio Herrera, aquel magistral entrenador, que decía que con nueve se juega mejor que con once. Si los nueve son trabajadores y leales. Y Lois Pérez Castrillo, el ex-alcalde cabeza de fila del Bloque Nacionalista Galego, no ha debido de leer a William Shakespeare. Porque si lo hubiera hecho, sabría que «cuando son dos a cabalgar en un caballo, uno de ellos siempre tiene que ir detrás».