MANUEL FRAGA ha estado prudente y político en su manifestación sobre el conflicto de Vigo al término de la reunión de la Xunta. La tibieza inicial que demostró el Partido Popular, asumiendo una posible moción de censura sin fecha, iniciativa que por razones aritméticas solamente podía prosperar con los votos del BNG, se ha trocado en distanciamiento. El problema es de otros, dice, en lo que probablemente también Fraga tiene razón, y no es creíble que el Bloque pudiera apoyar al Partido Popular para conseguir la alcaldía olívica. Aunque tal planteamiento lo ha hecho reiteradamente Lois Pérez Castrillo, el portavoz municipal del nacionalismo en Vigo, sin que ningún dirigente frentista le recriminara por ello en público. Al contrario, el que tensó la cuerda pidiendo la dimisión de Pérez Mariño en 24 horas ha sido apoyado por Beiras al afirmar éste que «el BNG no es un támpax del PSOE». Las predicciones iniciales que hemos planteado algunos se cumplen inexorablemente, no con satisfacción por mi parte. Preferiría que de esta guerra salieran todos indemnes, aunque eso será imposible para los colectivos nacionalista y socialista, que ofrecen indicios de su incompatibilidad. Pero la previsión se cumple en cuanto a que el mayor perjuicio puede ser para el Bloque, en apariencia capaz de cualquier cosa por desalojar del poder a un socio natural. El tibio PP de hace una semana se sustenta ahora, y bien, en la inhabitual ética política de no aceptar votos de cualquiera para tocar poder. Lo que debía haber evidenciado, pero al revés, el BNG vigués que se ha echado al monte: en todo momento debió dejar patente que quedaban a salvo los pactos y, si acaso, mantener la incompatibilidad con Pérez Mariño. Quien ha caído en el error de seguir el camino contrario no es un militante nacionalista cualquiera, sino un ex alcalde de Vigo. O sea, que el BNG padece el mismo mal que el Partido Popular: tiene o ha tenido algún que otro alcalde que nunca debió pasar de concejal.