LA RUPTURA de la coalición que gobernaba Vigo se está deslizando por la peor de las pendientes posibles, y, si el BNG ofrece la imagen de un gato escaldado que del agua fría huye, los dirigentes del PSOE transmiten la sensación de no haber aprendido nada de la crisis de Madrid y de querer exportar hacia el BNG sus propias contradicciones. La peor estrategia que podían elegir los devotos de Pérez Mariño era la que están practicando, ya que, lejos de revisar los errores cometidos y la bisoñez con la que se quiso erigir un liderazgo precipitado y sobre bases electorales tan débiles, se dedican a contraponer la ética, la dignidad y la resolución del alcalde con lo que parecen ser, sensu contrario , las debilidades de Pérez Castrillo. Quizá por eso el propio Pérez Mariño se sintió obligado a ponerle la guinda al pastel y, olvidando que la mayoría la tiene Corina Porro, y que su nombramiento como alcalde no tiene más legitimidad que la que le dan los acuerdos con el BNG, recurre ahora a los ciudadanos -«no me han pedido que me vaya»- como si algún día le hubiesen pedido que entrase. Decir que la lógica administrativa está del lado del alcalde no deja de ser un lamento mohicano cuando el causante de la irracionalidad que ahora se quiere eliminar se llama Príncipe. Por eso hay que ser un espíritu puro, metido en política, para creer que el BNG está en condiciones de aceptar irse a la porra -o a la Porro, si me permiten el juego de palabras- en tres tiempos de maniobra: primero se atenaza al alcalde nacionalista hasta convertirlo en una marioneta; después se le gana la delantera en la particular contienda intra-coalición y se le pide un ejercicio de responsabilidad que premia con la alcaldía al socio más díscolo; y por último se empiezan a tomar decisiones «racionales» y «éticas» que tratan de demostrar que en Vigo ha nacido una estrella. La conclusión es bien sencilla: las coaliciones de la izquierda no se hacen desde la lealtad y el deseo de construir una alternativa, sino que son simples episodios de la guerra fratricida entre el BNG y el PSOE. Y por eso estamos ante un problema de enorme envergadura. Porque la vuelta atrás que ofrece Pérez Touriño tiene una condición que la convierte en utópica. Porque detrás de la crisis de Vigo hay una toma de conciencia del dilema que el PSOE le plantea al BNG, al que no se le dejan más opciones que hacerse el harakiri al servicio del PSOE o tirarse por el barranco a la gloria del PP. Y porque nadie puede evitar que los gallegos vayamos a las elecciones autonómicas con la absoluta convicción de que donde termina la mayoría popular empieza el caos. Una terrible verdad, que no me puedo callar.