ALGUNOS dirán que ganaron los facinerosos Tamayo y Sáez. Otros se recluirán en el elevado índice de abstención. Y no faltará quien lo interprete como un regalo de la sociedad madrileña a los populares por haber sido los más prudentes, en un confuso panorama de descrédito para todos. Pero lo cierto es que, hablando en términos deportivos, Mariano Rajoy ha vencido en el primer set, de los tres previstos, a Rodríguez Zapatero. Mariano Rajoy, como era previsible y apuntaban todas las encuestas, ha salido airoso de su primer encuentro electoral con Zapatero. El PP gobernará la Comunidad de Madrid. Y con ello se pone fin a cinco meses de espectáculos indignantes en los que ni los unos, ni los otros, ni los de más allá, supieron o pudieron estar a la altura de lo que la sociedad madrileña se merecía. Se sabía que los socialistas iban a ser las víctimas del conflicto, por haber sido también sus causantes. Y que los populares, a nada que se mantuvieran discretos, recogerían los frutos. Y así fue. Pero es que además, Rafael Simancas y los suyos, por si no tuvieran bastante con soportar la responsabilidad del desaguisado, han hecho méritos inimaginables para quedarse en la oposición. Dieron vida a una amplia y densa antología de despropósitos, disparates e incongruencias, que, como no podía ser de otra forma, les ha pasado factura. Si convenimos en que las elecciones del domingo fueron el primer test para comprobar el futuro político de Zapatero y la estabilidad de su liderazgo, los resultados dicen que sigue en una alocada huida hacia el abismo. Los resultados dicen que, o cambian radicalmente y se convierten en un partido con un ideario nítido, y en alternativa creíble, o están condenados a quedarse para siempre donde están. Que a lo mejor es lo que quieren. Porque si no, no se entiende.