HACE UN AÑO. Constituyó una divisoria en nuestra vida colectiva y quizá también en lo personal. No es sólo que una mancha ennegreciera playas y costas, en un brochazo de artista inexperto o enloquecido. Una nueva negra sombra había irrumpido brutalmente en nuestra conciencia. Una más en un país tan acostumbrado a su repetición que la ha traducido en música como expresión de un sentimiento. Esta vez, no. Al menos en el comienzo de aquella noche oscura, en la que los primeros pasos se dieron a tientas, el fogar de Breogán despertó. El Prestige fue un mazazo en el sentimiento del pueblo, sin distinguir posiciones sociales o ideológicas. Así se acusó en momentos iniciales. Nada de lo que ha sucedido después en torno al Prestige puede entenderse al margen de aquel golpe seco. Ni lo positivo, ni lo negativo. El amplio y espontáneo movimiento solidario de los voluntarios tiene en ello una explicación clara. El propio Plan Galicia, impulsado por el presidente Aznar, no es ajeno a aquella motivación. El enunciado de las medidas que lo componen revela que se trataba, de algún modo, de cauterizar la herida causada. El plan podría haberse concebido antes de la catástrofe porque los problemas a que pretende hacer frente no son su consecuencia. Fue una respuesta inteligente a una situación que se había ido emponzoñando. En esos momentos aurorales, en los que se fija la imagen de lo que acontece, hubo sensación de desamparo, de desatención, de desafecto. No era la primera, ni la tercera vez que desgraciadamente sucedía algo análogo. Desde instancias oficiales no se transmitió la dimensión que tenía en la realidad. No se contó con la inmediata presencia a la que obliga la representación pública. Había que remontar esa corriente adversa en el ánimo de la ciudadanía. De la importancia que se atribuyó a la tarea es significativa la implicación directa del vicepresidente primero del Gobierno y el nombramiento de un comisionado. Ambos, Rajoy y Martín Villa, recondujeron hasta donde pudieron el curso del mal nacido proceso, a lo que contribuyeron las demás actuaciones y tantos protagonistas anónimos: pescadores, soldados, voluntarios, periodistas.... El Prestige está en el fondo. Ojalá su panza quede infecunda para siempre. Sumergido, sin embargo, está ahí y de algún modo nos interpela. Es cierto que no puede vivirse permanentemente bajo el impacto de la conmoción que provoca un desastre, cualquiera que sea su etiología. Admitamos que el sol ha vuelto a salir entre los nubarrones. Que las medidas, evaluables económicamente, hayan sido eficaces, incluso electoralmente. ¿Está cerrada, con ello, la herida causada al sentimiento colectivo? Los duelos con pan son menos, canta descarnadamente el refranero. Pero la presencia amiga, aunque no los resuelva, ayuda. Por eso agradecimos la cercanía del Rey y del Príncipe de Asturias. En el fondo del Prestige se encuentra, a mi entender, el sentimiento herido de un pueblo que necesita de una terapia congruente y delicada. No debe ignorarse, ni tratarse con superficialidad. La dignidad, como la consideración que se tiene de sí mismo, no se compra con dinero, podría decirse con un punto de arrogancia. Mal van las personas y los pueblos que lo admiten o callan. Tampoco debe utilizarse, y peor aún manipularse, ese sentimiento lacerado, con la mira puesta en el rendimiento electoral. Quizá sea más deplorable esta actitud que la anterior, porque si aquélla pretende olvidar, ésta desvirtúa lo que era una genuina muestra de vitalidad. Me parece que el pueblo así lo ha entendido con su voto. ¿Y ahora? Hay que mirar hacia delante. Seguir el cumplimiento de lo proyectado. Trabajar para no tener que conmemorar aniversarios de esta naturaleza. Recordar el impulso inicial, sin instrumentalizarlo ni descalificarlo. Reconocer el error: que también dentro del sentimiento de la gente digna cabe la comprensión. Hundir en el fondo, con el Prestige , la inclinación a sacar ventaja parcial de lo que fue dolor común. Y no sería la menor consecuencia articular la sociedad civil para afrontar situaciones y objetivos que rebasan una formalizada adscripción ideológica. Es una manera de enriquecer la democracia y proporcionar cauce a la solidaridad.