El frente de Cataluña

OPINIÓN

17 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

DESDE el punto de vista autonómico, el PP de Aznar y el PSOE de Rodríguez Zapatero eligieron un camino asimilable al de un Gobierno de concentración, que, lejos de mantener el debate plural que alivia las tensiones propias de un modelo territorial en proceso de construcción, optó por una absurda confrontación con los nacionalismos periféricos. El resultado no podía ser más funesto, y lo que hace sólo siete años era una balsa de aceite, en la que ETA no era más que una excepción desnaturalizada, se está convirtiendo en un conflicto territorial de difícil salida, en el que se corren riesgos muy importantes a cambio de los pírricos avances electorales sobre los que el PP alimentaba el delirio de una España ordenada desde Madrid. Pero, cuando se opta por una política de concentración se acepta también el juego de la carta más alta. Y, si ya éramos muchos los que decíamos que el Plan Ibarretxe no era más que la consecuencia indeseada de una infección mal tratada y sin los necesarios drenajes, todo apunta a que el pueblo catalán se ha apuntado también al pulso entre Barcelona y Madrid, y a que la situación de privilegio otorgada a Esquerra Republicana de Catalunya (23 escaños), y a su líder Carod-Rovira, amenaza con impulsar un nuevo soberanismo sobre el relativo, pero muy meritorio triunfo de Artur Mas (46 escaños). El inesperado aguante electoral de CiU, cuya fortaleza organizativa le permitió superar con sobresaliente la ausencia de Jordi Pujol, no es mejor noticia para el PP que para el PSOE. Ya que, si bien es cierto que Zapatero queda tirado a los pies de los caballos, también es verdad que la casi segura presencia de ERC en el Gobierno de Cataluña pone de manifiesto el rotundo fracaso de la política autonómica del PP, y la necesidad de una rectificación del modelo de relaciones con los nacionalismos periféricos, que el propio Mariano Rajoy habrá de imponer tan pronto llegue a la Moncloa. El modelo de confrontación ensayado en Euskadi, que rindió algunos frutos electorales en las primeras etapas, amenaza ahora con un desgaste institucional y político difícil de controlar y predecir. Y todo apunta a que la defección de unos ciudadanos e instituciones a los que se le pide luchar irracionalmente contra los nacionalismos, prietas las filas y con la fe del carbonero, se va a producir mucho antes de que PNV por un lado, y CiU por el otro, presenten signos de cansancio. El gran derrotado es, otra vez, Rodríguez Zapatero. Rajoy está más cerca de la mayoría absoluta en las generales. Y el frente catalán, con una mayoría CiU-ERC se convierte en el principio del fin del pensamiento único que estuvo a punto de arruinar la convivencia de España.