Cataluñaficción

ASSUMPTA ROURA

OPINIÓN

EL INTERÉS que hemos despertado los catalanes tras las elecciones en el resto de España dibuja una Cataluña en la que yo misma me siento extraterrestre. Entre las ficciones que se escriben y hablan y la realidad con la que convivo hay una distancia tan increíble que me obliga a preguntarme quién de verdad se ha vuelto loco. Aznar habla de aventureros, Rajoy viene a convencer a los empresarios para que nos salven de la maldad de ERC, y hasta un amigo mío gallego me confesaba temer una guerra. ¿Dónde están las pistolas catalanas? ¿Dónde los intransigentes separatistas/independentistas dispuestos a emular a ETA? ¿Vive Bin Laden en la Costa Brava infiltrado entre las mafias rusas? ¿A quién le conviene demonizar a ERC? ¿Qué tiene que ver Cataluña con el País Vasco? ¿Es que nadie se acuerda que Pilar Rahola, casada con un señor del PP con familia del Opus, como ella misma dice, hizo su salto a la fama política siendo candidata por Esquerra Republicana y de ahí saltó a Crónicas Marcianas? ¿No salió en los periódicos que algo así como el padrino de boda de la citada señora fue Maragall y que quien la arropó en su crecimiento político fue Pujol? ¿Es que nadie sabe que Rato estaba encantado con ella en Madrid? ¿Es que nadie sabe que los catalanes, como buenos negociantes, se casan con todos para no casarse con nadie? No soy nacionalista. La idea de Patria me pone enferma y ninguna bandera me arranca la sentimentalidad, pero precisamente por sus actitudes absolutamente pacíficas, reconozco el derecho de ERC a mantener su utopía de la independencia. Una utopía no es ningún problema para España ni para Cataluña. En cambio sí lo es el asombro en que han caído los partidos grandes, estatales y locales, ante el resultado catalán. Es un problema porque les impide hacer la autocrítica sobre las cosas que llevan tantos años haciendo mal y no corrigen. Así , como forma de castigo, los más frágiles y más los jóvenes se convertirán en infieles que votarán todas las utopías posibles. Incluso aquellas que se acerquen a Le Pen. Y todos a correr para apagar el fuego sin garantías de éxito. ¡Cuidado!